El alba de una nueva voz

Nuestro Director General explica la esencia detrás de esta plataforma; los símbolos a los que aludimos cuando hablamos del arte; la recuperación de la conciencia perdida y la misión y visión de Vocanova: regresarnos al estado natural, al arte nuevamente, para trascendernos y movernos como sociedad hacia una futuro de veras esperanzador. Vocanova es la nueva voz de la cultura porque es la voz de todas las personas hechas arte.

por Javier Talamás Weigend
3 Septiembre 2018
Fotografía S/D

I. El alba

Si uno buscase en el diccionario la definición de alba, encontraría que dicho término alude a «la primera luz del día antes de salir el sol». Es también un lugar bastante frecuente en la poesía. Con toda razón: los labios del sol quiebran el firmamento, e irrumpe su fuego sobre el cielo; un beso al filo del horizonte. Trémula llama que postra a su merced el mar, la montaña, y a la ciudad. Esos elementos poéticos consagran el instante con el que suelen comenzar nuestras vidas. ¿Qué nos anuncia esa luz y sus bondades calurosas cuando se filtran las partículas a través del cerro o la ventana? Es presagio de algo nuevo, pero también es el recuerdo de un ciclo que reinicia. La melancolía del ocaso se esfuma de pronto cuando vemos al sol que se dispara hacia los cielos. Vocanova pretende ser ese alba para la cultura; un alba que pueda alumbrar nuevamente sobre todo aquello que la especialidad y el credencialismo tienden a separar: las artes. 

Al tiempo de alumbrarlas, también queremos regresarlas a su estado natural: a la trascendencia más pura, a la diversión más inocente.

Precisamente por eso nuestra misión es transformar el mundo a través de toda expresión artística (cine, música, danza, arquitectura, poesía, pintura, deporte, etcétera). Esta transformación no es para nosotros un mero eslogan: es nuestro compás. ¿Románticos? Tal vez, pero al hacer alusión al mundo, no hablamos del mundo como planeta, sino a la visión y al ambiente dentro del cual nos movemos como sociedad; el mundo que cada persona carga en su cabeza. El sol creciente y el cuerno que anuncia el acontecer, el llamado a lo nuevo, no fueron elegidos por casualidad en la identidad de nuestra editorial: la llama anaranjada de un sol nuevo estallará otra vez sobre el cielo gris del arte; y aquella pretende incendiar también todas las visiones del arte para acaso de las cenizas repensarlo como algo no solo poético o inalcanzable, sino también práctico y útil. 

Estamos convencidos de que todas las personas encarnan un espíritu artístico que no es exagerado afirmarlo como sagrado, pero desmoronadas las artes a ser meros fines de entretenimiento, nos han desmoronado también a nosotros: migajas de lo que fue una cultura retadora y rebelde ahora alimentan la chismografía y el contenido light. Y a nosotros, en migajas, se nos parte el alma; nos deshacemos como arena porque no encontramos ya aquello que nos hace desvivir y trascender. La especulación del chisme se ha erguido como nuestra diosa, y su vicario, el entretenimiento, en nuestro amo.

Esa cultura nos ha convencido de que el arte es exclusivo a ciertas formas. Intelectualismo, mercantilismo, romanticismo, credencialismo; modos ruines, formas obsoletas que nos pretenden indicar quién puede hacer el arte, y de paso cómo. Esta visión, lejos de liberarnos, nos aprisiona: el arte es la esencia de todas las personas, y debe ser tan diverso, tan plural -tan bello-, como lo es la especie humana.  

Porque nos hemos definido de muchos modos: como el animal de la polis; el ser racional; o el ser de la risa y la sonrisa. Pero aquellas definiciones solo nos explican en cuanto a que somos gregarios, no más. Pero no, no somos eso; somos algo más, ese no se qué con el cual sentimos los minutos de la vida alargados, en distensión. Rasgamos el aire con los labios, y de pronto, hacemos melodías; hinchamos la palabra de significación, y de pronto, tenemos poesía; transmutamos al color, y entonces, presenciamos la pintura. Reconocemos el arte porque acaso es un pedazo de nosotros. Salvador Elizondo ya nos lo adelantaba.

Afirmaba que artistas y poetas somos todos, pero muy en el fondo. Solo algunas personas en toda la historia de la humanidad habían conseguido, primero, descender hasta ese fondo, y segundo, ascender con el oro rescatado a la superficie: la obra artística. 

Como revista y plataforma queremos hacer algo similar por nuestras autoras y autores; lectoras y lectores: descender juntos a ese abismo que imita a la noche para regresar ambos con el oro reclamado. Ahí descansa la voz de la que el tiempo nos ha desproveído: la inmortalidad, o bueno, al menos la trascendencia de ser algo más que un azaroso polvo hecho de huesos y de carne. 

Solo el arte nos trasciende, y solo a través del arte, le robamos la última palabra al tiempo y a la muerte. 

 

II. Volumen Cero

En diversas civilizaciones, el alba y el crepúsculo cargaban cualidades purificadoras. Son mediciones de tiempo; de mitos; de leyendas; de salvación y de condena. Cae la noche, y descienden sobre la tierra los demonios; vuelve el alba, y nos purgamos de pecados. Era una hora que verdaderamente detenía el flujo del tiempo. Sin importar calendarios, o relojes, era la hora del vacío y del reinicio. No intenta ser menos, aunque quizá sí más humilde, el alba de Vocanova.   

De ahí que hayamos nombrado a nuestro primer volumen -el que acaso sostiene la lectora o lector en sus manos (y por manos quiero decir smartphones)- con un juego entre el tiempo y el reinicio; entre potencia y languidez; grafía y palabra: el volumen Cero. Valor matemático que demuestra la ausencia total, la nulidad; pero en el sentido real e imaginario que nos permite su connotación lingüística, puede estallar en significaciones. Su etimología más antigua –el árabe clásico– aludía al “vacío”. ¿No vemos un vacío similar en nuestro entorno cultural?, ¿en los valores sociales?, ¿el conservadurismo rígido y avasallador? ¿Y cómo se convierte el cero en una potencia del infinito, si no es a través del uno? Una autora, un autor; la lectora o el lector; ¿no podrían hacer lo mismo por la cultura? Somos potencia de una voz infinita.

El día, además, termina y comienza justamente a la hora 0:00. Es el ciclo que se parte, por un instante, en comienzo y fin; a partir del cual se empiezan a contar todas las demás horas. Día y noche; sol y luna; alba y cultura: ciclos que reinician, pero siempre frescos, nuevos, distintos. O más bien: frescura que disfrazamos de repetición, porque en realidad, nada medible en relación al tiempo se repite, como no se repite nunca el mismo rayo de sol. Repetimos los calendarios, o las cifras, pero nunca el tiempo. Hay un suceder igual en la cultura. Y a nuestra generación, le ha tocado ser la hora cero. Nuestros autores y lectores son ese rompimiento del tedio, de la monotonía. Ese quiebre de olas en el agitado mar, o los nuevos astros y las nuevas lunas en este cielo gris que ya es el arte.

 

III. Cultura del autor

La reivindicación generacional es algo por lo que pugnamos a toda conciencia. ¿Experiencia?, ¿quién la necesita en el mundo de las artes? El diamante no se avergüenza de haber sido carbón. Encima, el arte se hace a través de la experimentación (que ultimadamente, es la causa inicial de la experiencia).

Tan solo por eso apostamos por la cultura del autor frente a la cultura de las credenciales (Gabriel Zaid). Mas no somos ingenuos: sabemos que todo arte requiere conocimiento y cierta pericia, pero no deben ser las credenciales el determinante de las personas (o de sus obras), sino un mero indicador.

A nuestra sociedad le han vendado los ojos para no ver al arte como manifestación; y suerte similar sigue nuestra condición. Arte como la rebeldía contra el tiempo, la existencia, y como única voz capaz de transformar el silencio que es la muerte en un grito perpetuo; pero ahora, arte como utensilio y cosa. 

Hablo de las vendas que nos han puesto no solo aquellas personas que pretenden convertir al arte en un sentimiento aristocrático -o de unos cuantos elegidos-, sino también de las grandes editoriales y televisoras que publican únicamente aquello que puede ser vendido de inmediato y rápido. Venden arte como las panaderías buñuelos.

Las personas que de veras tienen una nueva voz, fresca, original, son silenciadas por no ser objeto de mercado o “un artista renombrado”. Y con nuestras vendas en los ojos, nos han convencido de que solo algunas personas tienen esas voces; y desde luego: solo aquellas que pueden hacer el arte a al gusto y conveniencia del mercado. 

El mundo moderno nos quiere escindidos completamente de nuestra personalidad; negados a la introspección. Como sociedad parecemos apostar solo a esa mano que mueve y alimenta el mercado. Pero negar al arte es negarnos a nosotros. Desnudo completamente el hombre, ¿a qué tiende?, ¿qué hace que lo fugaz del tiempo luzca eterno?, ¿que el beso efímero de dos amantes se convierta en Dante y Beatriz?, ¿cómo escapa su mortalidad la especie humana si no es a través del arte?

La apuesta por lo efímero del arte; por ciertas credenciales; y por su tecnicidad, han tenido consecuencias desastrosas en la moral. Esto es así porque la moral se cuestiona y se reinventa en el arte. Sin artes, no hay moral, o mejor dicho, sin arte solo hay una moral, una verdad. Pero estos tiempos complejos merecen y necesitan de perspectivas nuevas que solo se alcanzan en el arte. 

Basta levantar la frente y mirar el horizonte oscuro de la industria musical. La misma canción se escucha una y otra vez en diferentes variaciones. Me explico. 

Ya han establecido, algunas disqueras, la fórmula para crear una canción. Lejos de presenciar a la música como algo poético y trascendental, la reducen a algoritmos: colocan los mismos sones en distintas variantes, toman a cualquiera que se vista bien, sintetizan su voz y la ahogan entre máquinas: voilà, ¡música! Cómo si no hubiese una revelación creadora de por medio. ¿Géneros musicales? Solo reina uno: aquel con mayor retorno de inversión. Hemos transformado los sones en acciones. «Al paso que vamos, los hombres del futuro tendrán sólo dos sentidos: de dinero y de muerte.», escribe Jaime Jaramillo. Le creo. ¿Cuánto falta para que lucremos con la vida humana? 

Urge redimir al arte y a la cultura, pugnar no por una “alta cultura” -como quieren unos-, sino por una cultura universal, incluyente, que incentive y transforme; no que divida ni segregue. En el arte encontramos esa posibilidad; esa libertad; rompe las prisiones de cristal que nos han construidos los convencionalismos. Son de cristal porque lucen bellísimas, seguras, firmes, aunque sabemos que son frágiles. No soportan, mejor dicho, no toleran la mínima prueba sísmica en sus cimientos. Se quiebran. Y es bueno que se quiebren porque de los escombros acaso renacemos: recogemos nuestros reflejos rotos del piso y nos construimos nuevamente: con la pluma nos deletreamos nuestro nombre nuevo otra vez; con el pincel, pintamos nuestro rosto y la sonrisa dibujamos; con el cincel, moldeamos nuestro cuerpo; y la fotografía, nos captura en una tumba de papel, pero siempre eternos. 

 

IV. Arte, libertad y democracia

La belleza del arte no reside en su utilidad, sino en la libertad reveladora. Independientemente de la técnica que le dé forma:

"Un obrero y una herramienta cualquiera se parecen en esto: ambos son instrumentos, medios. La herramienta no se puede rebelar contra su condición: en cambio, el hombre sí puede hacerlo, sí puede luchar. Esa parte del hombre capaz de rebelarse, de escoger, de luchar o de ceder, de conquistarse a sí mismo o de enajenarse es lo que llamaríamos su libertad. Y esa parte, indefinida por naturaleza puesto que es un haz de posibilidades, es la que el arte trata de revelar. Por tanto, puede decirse que el arte tiende a expresar al hombre en su libertad creadora…"

Naturalmente, Octavio Paz creía que era a través de la palabra, donde el hombre encontraba ese espacio de reinvención, de libertad. Pero también sostenía que la revelación poética -que acaso lleva todo arte- no era excluyente, ni en el poema ni en la literatura. Así, encontramos en toda manifestación del arte, la espiritualidad que nos nutre. El pan de cada día. 

Y con esto llegamos a otra pregunta incómoda: ¿es permitido traer ese alimento a la mesa del Estado?

Ezra Pound se pregunta si la literatura –o el arte– tiene una función en el Estado. La tiene, y no es la de “obligar o persuadir mediante la emoción, o intimidar o reprimir a la gente para que acepte unas opciones en lugar de otras opiniones contrarias; tiene que ver con la claridad y el vigor de todos y cada uno de los pensamientos y opiniones”. Por ello los críticos solo podrían limitarse a enfocar la vista a los lectores. De ahí que nosotros queramos ser tan solo punto de encuentro cultural. Es labor del espectador maravillarse ante el arte, y acaso, criticarlo. 

Y es que este mundo se resquebraja como cascaras de un fruto. La democracia resulta ser ahora un obstáculo: para las libertades, para los derechos humanos, para el arte. Vocanova es, por tanto y sobre todo, una respuesta retadora, con alma guerrillera, que nace para enfrentar los fenómenos culturales, visiblemente limitados por la falta del pensamiento crítico. Pretende también incentivar y empujar la pluralidad política que tanto necesita la conciencia en México. 

Ahora, no pretendemos por ello convertirnos en un foro o espacio político. Tenemos la certeza de que la política es mero instrumento de convivencia. El arte, en cambio, como sostengo (y sostenían otros tantos mucho más inteligentes que este lego), es un instrumento de transformación. Reinventarnos como sociedad exige reinventarnos como hombres y mujeres.  

A lo mejor por eso Vocanova puede ser esa voz: la de una generación perdida a la que han arrebatado el espíritu. En gran medida, se debe a la supremacía del mercado liberal. Esa mano invisible que nos ha reducido a mera productividad, a utensilios, a todos nos sujeta, pero solo aprieta el puño para algunos o algunas, y cuando lo hace, en trizas, nos regresa al polvo. ¿No ha sufrido el arte semejante destino?

Que no se malinterpreten estas letras: no es que se deba negar la fuerza productiva; vaya, la riqueza y la producción es indispensable inclusive en el arte, pero creemos que la riqueza de nuestra generación debe venir no del mercado, sino de la pluralidad de ideas. Si algo nos va redimir, que sean las ideas. 

Aquí topamos con pared, porque no hemos elegido el pensamiento: alienados, escindidos, el espíritu quebrado, pensar (o repensarnos) es el acto más rebelde que podemos hacer para alimentar nuestra democracia. Nos mueve también esa pasión por generar conciencia e incentivar la crítica, el diálogo, la reflexión y la introspección. 

Tenemos la certeza de que las valiosas colaboraciones de cada uno de nuestros autores y autoras; cada letra, fotografía, o canción que consuma el lector o la lectora en Vocanova, darán forma a una realidad que se antoja cada vez más inverosímil. 

Vocanova, el alba de una nueva voz: la de todas las personas, desnudas a su esencia.

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