A las brasas (del recuerdo)

Volumen Cero

Condado de Gudgüel. Las pecas en el rostro de Abigail sin brillo; apagadas. Una lóbrega habitación. Recuerdos que indundan y azotan. Afuera, el clamor del pueblo.

POR Jorge F. Olivera Vieden
6 agosto 2018

A las brasas (del recuerdo)

I.

Las pecas en el rostro de Abigail Maquiovich ya no lucían el brillo de antaño. Si antes brillaban como una constelación, ahora, ya apagadas, parecían más bien manchas de un plátano en descomposición. Hecho lamentable: esas pecas le habían valido la conquista de diversos amantes.

Uno de ellos –el más venturoso–, la llamaba Archie: consideraba a sus lunares como unas pequeñas islitas que formaban un archipiélago donde naufragaba su paz mental. Otro –menos ingenioso–, sólo apodó a las dos pecas de mayor tamaño; postradas debajo del bezo y a un lado de la nariz: Oliver y Petunia. (El apodo obedece al nombre que reciben las hormiguitas protagonistas de una historieta infantil bastante popular en Gudgüel; pelean por la justicia del condado). Su último amante había empleado una estratagema de mayor astucia: bautizó a Abigail como Cheesecake, por ser su rostro blanco y sus pecas de color cacao; casi tan dulces como el chocolate, le decía.

Ahora, ante el ocaso de sus pecas, se preguntaba cómo la apodarían; particularmente, cómo la llamarían esta noche. Se lo preguntaba con una mirada fija al espejo mugriento que tenía en su lóbrega habitación. Lodo, barro, moscas, y un velador de madera vieja decoraban su alrededor.

La mirada en el espejo proyectaba melancolía; algo inusitado para el carácter duro de Abigail. La habitación ahora servía de camerino para el espectáculo que daría en horas, y su cansancio, tal vez inducían ese sentimiento de tristeza que ahoga. ¿Quién la culparía después de tanto? Incontables encuentros había tenido ya; a tan corta edad, incontables espectadores y clientes a los que les había regalado tres lunas en una noche. El calor que irradiaba la llama que ardía sobre la vela aromática en el velador, comenzó a provocarle una sensación de claustro. Gracias al tumulto de la clientela que vitoreaba ansiosa su salida, comenzó la llama a danzar. Por primera vez, le aterró el fuego. Intentó obviar sus pensamientos mirando fijamente al espejo para componerse. Suspiró, cerró los ojos, pero no lo logró. Aparecían esas manchas de barro sobre su cuarto.

Las manchas en la pared: ¿tan feas, tan iguales se veían sus pecas también ahora en su rostro tan blanco? Mejor cepilló su cabello para ahuyentar esos pensamientos.

Sujetaba el peine con la misma dicha que esas jovencillas que paseaban frente a la plaza central; sus rizos dorados: auténticos manantiales de luz, captando de inmediato a sus presas: hombres casados, en su mayoría; otros, altos funcionarios de la comisaría y del condado.

Rebotaba sonriente su mirada en el espejo de vez en vez. Y ahí constataba que vivía: sus pecas todavía alcanzaban a mirarse. Las miraba porque veía un mismo destino en su persona y en sus pecas. El reflejo empañaba pero a la vez atraía los brillos del ayer.

Crack. Escuchó como un cabello se quebró por completo; eran delgados, pero tan secos, que se quebraban en pedazos. Contrario a la suerte cósmica que sufrieron sus pecas, su cabello se atrofió de manera gradual. Poco a poco se fue entumeciendo hasta parecer pequeñas fibras que, en lugar de adornar, sólo colgaban desde el cráneo; como esos hilitos que sostienen el botón de una camisa, pero duros como el mármol. Se preguntó dónde habría quedado el furor de su encrespado pelo azabache. El horror: ver en decadencia su físico; su dolor era doble, además: se sabía remediable. Y otra vez el reflejo; otra vez la memoria.

II.

Recordó así los náufragos que en las islitas de su archipiélago sobrevivieron durante noches y noches, completamente desolados; las desventuras de Oliver y Petunia; y sobre todo, los agasajos dulces de su último amante. Dadas las circunstancias, era natural que recordase con frescura. Pero aquellas memorias eran casi palpables. Pensó en regresar a aquellos momentos para comprenderlo. Por algún artífice de su reflejo, que se esfumó de repente del vidrio para no regresar jamás, comprendió que hubiese sido inútil, y erradicó sus ansias.

Una mariposa se coló a la habitación. Alas amarillas; lisas como el sol. Recordó el calor que le provocaban los besos y las caricias de sus amantes.

Por su profesión, sabía la distancia exacta que había entre pezón y pezón, y cuántos labios se necesitaban para recorrerla. Medía con dedos, y no con tallas, el tamaño de sus bustos; obedientes esclavos de la gravedad. La anchura de su cadera, que emulaba un jarrón de barro, se mecía en sus recuerdos de un lado a otro con el vaivén propio de la mujer de su talla: oscilaciones pendulares tan finas como un reloj de pared.

Con los brazos en jaras, y a fin de continuar el trance del recuerdo, apretó su abdomen para sentir y emular la pericia con la cual la sujetaban para embestirla. Era curioso, que ya en el museo de la memoria, no estuviesen en exhibición otras obras que, en su opinión, forjaron su destino. No es grato caminar sin rumbo; es aún peor hacerlo por las sendas caprichosas del tiempo, y así lo hizo.

Exploró con la curiosidad de un infante la concavidad entre sus piernas y gustosa, recordó el pudor, la inocencia y el sudor de su primera relación. Ya con la mirada al piso, se percató de las líneas que marcaban sus piernas como trazos de un mapa marítimo. Una lágrima las alcanzó pero no las borró. Estaba segura que seguiría otra más.

III.

Truenos en la puerta; puñetazos caían y caían contra la puerta.

Abigail escuchó a las masas allá afuera. Evitó su llanto. Era momento. Lo sabía. Arrancó un pedazo del pergamino que servía de cartel para anunciar el espectáculo de esa noche y escribió a prisa, sin pluma. Lo enrolló y lo colocó a un lado de la vela sobre el desgastado velador.

–Adelante –dijo Abigail.

Secó su rostro y colocó una bata sucia sobre lo que quedaba de cuerpo. Los pezones traicionaban a la tela mas no al lodo impregnado en ella.

–Es hora –sentenció una voz grave. Y al tiempo, aprovechó la ocasión para consentir su mirada con los pechos de Abigail.

–Entiendo – contestó.

Antes de abandonar su habitación volteó a ver la llama. Danzaba. ¿Y a su lado? Nada. Buscaba el trozo de papel que había recién cortado. La última lágrima manó de su ojo izquierdo. Paseó entre el archipiélago, despidió a Oliver y Petunia; se impregnó de cacao, y cayó al piso.

***

El cuerpo de Abigail ardió durante dos días y tres noches. La muchedumbre lo veló para asegurarse que aquél mal se hubiese erradicado por completo del condado. El sheriff observó a lo lejos todo el proceso. La otra lágrima que se habría derramado sobre el frío piso de la plaza central de Gudgüel, se detuvo en su poblado bigote. La cacería de brujas había terminado. Una mariposa reposaba sobre el hombro derecho del sheriff. En sus alas de sol, unas manchitas cafés; como de cacao.

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