Daniela contra las Multas Místicas

Volumen Dos

Cuento plagado de referencias surreales; y de realidad inverosímil... como nuestras leyes, nuestras multas.

POR Quidec Pacheco
19 marzo 2019

Daniela contra las Multas Místicas

Yo no estoy para juzgar a Daniela. Uno creería que el narrador es responsable de lo que sucede con los personajes, pero ya verán que el mundo es ojete con los que ignoran, y que el narrador conoce, pero no concede.

Con un portazo Daniela rompió el cristal de su propio carro. Malabareó gruñidos y majaderías en la boca, mientras sus bracitos se agitaban queriendo detener el desmoronamiento, pero ya estaba en el piso. Era una de esas veces en que el cuerpo viaja en el tiempo y actúa sobre lo que ya pasó. ¿Y quién le enseña al cuerpo cómo cuerpear? Pues entre corajes Dani se dio cuenta que arrugaba en su mano la razón del portazo: una multa de tránsito. Obvio. Todos leímos el título.

¿Cómo se les ocurre?, pensaba en lo que creía era la privacidad de su mente. No vengo a visitarlos 4 años y dejan mi carro estacionado en la méndiga línea amarilla. 4 años. Hacemos un close—up mamalón y vemos que no es una, sino cuarenta y siete multas de tránsito las que Daniela aprieta en su manita. Pero con lo decidida y honrada que es, vamos a verla pagar las multas a lo largo de esta historia. Bueno, quién sabe lo de honrada, pero son tiempos navideños y ahora que anda de visita con sus papás pues tiene chance de ser la hija única ideal que siempre quisieron. La pagamultas. Tragacorajes. Como El Devorador de Pecados. ¿Sí vieron esa movie?

Después de un rato, Daniela sostenía las cuarenta y siete multas en sus dos manos, formando en su boca un susurro mágico que… No, ¿saben qué? En una clase de narrativa me dijeron que había que construir la tensión, entonces se me hace que no debemos de irnos luego luego a la parte mística. Digo, ya he escrito narradores, pero nunca me he narrado narrando, es la primera vez. Paciencia, porfas.

Total, ella llega afuera de la oficina municipal de tránsito y vialidad del municipio. Dani, con sus 1.52 metros de altura se enfrenta al poli de la entrada.

—¿Qué trámite viene a hacer, señorita?

—Pago de multa.

—¿Nada más?

—No.

—¿Y por qué le habla en ese tono a un oficial? Soy la ley, señorita. Cuidado.

—No fue mi intención. Una disculpa.

El oficial, ahora con un bigote amenazador y puntiagudo desde las alturas, aprieta como pinza el hombro de Dani que está allá abajo.

—Oiga, ¿qué le pasa?

—Parece que no me oyó, señorita. Aquí a un oficial se le dirige con respeto. Además, ¿usted qué hace de su vida?

—Escribo.

—¿Escribe, o es escritora?

Sin darle tiempo a responder, se contestó él mismo.

—Si tiene que venir a pagar sus propias multas, me imagino que no ha de ganar mucho escribiendo.

Daniela manoteó con fuerza, dio pisotones y patadas, pero para el poli no eran más que comezones. Gritó, pero todos temían salir de la fila y enfrentar al hombre. Conforme avanzaba por las profundidades de la dependencia gubernamental escuchaba gemidos en cubículos y gritos de los enfilados con ecos de tortura medieval «Una multa es una mancha en el alma», «No juzguéis por la cantidad de multas, sino por los salarios mínimos a pagar», «el tránsito es una construcción social». El oficial terminó tirándola unos segundos después en una habitación iluminada, con una sola silla y una sola mesa. Un solo letrero que decía “Pago de Multas” y una sola pluma sobre la superficie.

Estaba shockeada, así que ni gritó cuando el poli le puso llave a la puerta por afuera. Se abocó a revisar las cosas que había en el cuarto. Se sentó frente a la mesa, tomó la pluma y una forma de llenado cayó del cielo. La leyó.

Forma de pago de multas.

Conteste las preguntas como se muestran.

1. ¿Es usted buena escritora?

Era la única pregunta. ¿Qué tiene que ver con una multa de tránsito?, se dijo. La puerta del cuarto se abrió con un azote, y una mujer con el pelo recogido en un hoyo negro se mofó de Dani con su cara estirada.

—¿No has contestado, reina? Es “sí” o “no”. No tiene ciencia.

—Pero no entiendo por qué no puedo ir a pagar mi multa y ya. Traigo el dinero.

—Ay, chiquita.

La mujer sonrió, feliz de tener razón siempre. Arrebató la pluma de la mano de Dani.

—A ver, chula: ¿Qué es esto?

Obviamente una pluma pensó.

—Es una metáfora. Junto con todo el cuarto. Hay uno solo de todo porque tú eres hija única.

—¡Así no funcionan las metáforas, señora!

La mujer, infinitamente relamida, le contesta escupiendo tantita saliva.

—Obvio, no entiendes porque no sabes de escritura.

La puerta abierta. Dani se lanzó sin pensarlo dos veces, corriendo entre pasillos. La mujer taconeando tras de ella, a un ritmo muy sereno. Su voz resonaba en las paredes. Dani buscaba una salida, pero sólo encontraba personas sin rostro, tomando sus fotos para la licencia de conducir.

—SÓLO PODEMOS MULTAR A LAS PERSONAS MORALES. UNA PERSONA MORAL ES UN SER PENSANTE. LOS SERES PENSANTES ADMINISTRAN SUS PERTENENCIAS. PERTENENCIAS COMO UN COCHE. LA EXPRESIÓN TAMBIÉN ES UNA PERTENENCIA. SABEMOS LO QUE PENSAMOS POR LO QUE EXPRESAMOS. ESCRIBIR ES UNA FORMA DE EXPRESARSE. SI NO ESCRIBE BIEN, NO PIENSA BIEN, PROBABLEMENTE. SI NO PIENSA, COBRAR LA MULTA SERÍA UN ABUSO.

La siguiente puerta que Dani abrió la llevó a pisar arena. Cerró con llave detrás, a pesar de que la puerta ya no estaba conectada a nada. Se acercó a la playa. Una ballena encalló cerca, y cantaba soy el fruto de aquel árbol, que elevó sus ramas, muy cerca del cielo…

—Hola.

—Hola, Dani. ¿Traes multas?

—Sí.

La ballena abrió la boca, y salpicando un poco de agua, Dani logró al fin trepar por el labio, los dientes y finalmente llegar a la lengua. Enseguida, la ballena se sumergió al fondo del mar.

—Dani, ¿escribes?

—Ya no sé. Tal vez no debería escribir.

—Escribe dentro de mí.

Por el espiráculo entraron unos 20 plumones sharpie permanentes. Dani pasó 3 días y 3 noches llenando de poemas y cuentos el interior del animal. La combinación del alcohol de tinta en la punta y el olor a pescado en el interior se combinaban bien, haciendo la estadía para Dani llevadera. Al poner punto final, Dani preguntó.

—¿Te gustó lo que escribí?

—Sinceramente, nada más tenía comezón. Yo ni sé leer. Pero claro, lo disfruté.

Triste, Daniela fue escupida por la ballena en su escuela primaria. Algunos profes la regañaron por andar caminando en los pasillos: con su altura, la confundían con una estudiante más. Corrió hasta una esquinita detrás de los salones de secundaria, y encontró un caracol que se movía muy, muy lento.

—Tú eres Daniela, la de las multas.

—Soy yo. No puedo pagarlas. Nadie me dice cómo.

—Acércame a tu oido.

Así lo hizo, y en un momento fugaz, el pinche caracol le metió un dedo ensalivado. ¿Qué mamón, no?

—No, ya bien, Dani. Perdón. Ahora sí te digo lo que te voy a decir.

Lo acercó de nuevo, ahora bien escamada.

—Las multas son mágicas. Todas. Son pruebas de que rompiste la ley, pero a veces la ley es muy pendeja. La gente hace su propia ley, pero a veces la gente también es muy pendeja. Algunos argumentarían que pagar las multas es lo pendejo, como tú lo quieres hacer. La verdad es que estar marcado no siempre es malo, y alguna gente te quiere decir cómo manejar tu carro en donde estés, pero siempre tienes el poder de saltarte una banqueta y matar peatones. Supongo que sólo reconocemos a los buenos conductores hasta que reciben su primera multa y caen de nuestra gracia. El tránsito perfecto es una ilusión. Como yo.

En una explosión celeste, el caracol se desvaneció. Dany removió su interior, tomó las cuarenta y siete multas y les narró finales para todos sus enemigos. Para el policía y para la señora relamida a la infinita potencia, para algunos compañeritos de la escuela que aún le despertaban coraje, uno que otro amante de lo ajeno y hasta al caracol sabio pero mamón. A todos les susurró una justicia chiquita, como ella, por ignorar su ignorancia. Por ser ojetes. Pero no crean que fue venganza, no. Una justicia chiquita, nada más.

Se sintió en paz. Era hija ejemplar de las letras, y a la vez, correctora del mundo ojete. Nunca contestó la pregunta de la forma, pero yo les prometo que no la juzgo por eso, porque, aunque conocí lo que pasó con Daniela, no concedo. Porque a mí también me han puesto multas, que batallo para pagar, en un mundo raro que yo no escribí.

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