Fluir

Toda la existencia tiene un ritmo; polos contrarios que se vuelven en sí mismos; un eje que gravita y rueda; un beso; las personas; el amor y el desamor; Sr. Semilla reflexiona sobre la infravalorada condición de fluir y dejarse fluir.

POR Sr. Semilla
30 abril 2020

Fluir

Siempre he disfrutado el fluir.

Desde que tengo conciencia he procurado fluir. Con lo que siento, con lo que pienso, con el presente, con lo que hay y con quienes están, pues. De cierta forma, siempre he creído que las cosas que deban pasar van a pasar por una cosa o la otra, en el momento indicado.

Creo que toda la existencia tiene un ritmo y sucede en un momento perfecto: la tierra en su propio eje y alrededor del sol, las estaciones, un primer beso, un viaje, el trabajo indicado… todo el tiempo el entorno se va acomodando para que estas cosas sucedan, y en el momento que deban de suceder. Solo hay que fluir.

Cuando joven desarrollé una habilidad para resolver situaciones bajo presión. Cuando hablo de estas situaciones, me refiero a las que yo mismo me puse por optar fluir demasiado, como estudiar horas antes para un examen difícil, o llegar minutos antes de la salida de un avión. De buenas nunca reprobé una materia (bueno, solo una), ni perdí un avión (bueno, solo una vez). Sin embargo, ha habido momentos en los que me he encontrado con decisiones apresuradas, por no tomarme el tiempo de sentir, discernir y priorizar.

Una de estas decisiones fue a finales de mi último año de bachillerato: estaba a pocas semanas de concluir mis estudios, y al mismo tiempo, estaba por tomar la decisión más importante de mi vida hasta ese momento: escoger qué carrera estudiar.

Siempre he tenido una sensibilidad con las artes y humanidades, pero también un gusto por la tecnología y las ciencias. A pocos días de tener que decidir, tenía, por un lado, la carrera de Arquitectura, y por otro, una nueva carrera; una que mezclaba Tecnología e Ingeniería.

A pesar de haber crecido en una familia de ingenieros, decidí optar por Arquitectura. La carrera me parecía estructurada al mismo tiempo que con apertura para profundizar. Además, siempre hubo algo en mí de «rebeldía» contra las personas que esperaban algo de mí.

Los primeros meses fueron intensos, pero muy productivos. Las cosas estaban fluyendo.

Después de un año me di cuenta de que los días me quitaban más de lo que me daban. Me empecé a sentir limitado, y tuve que aceptar que no me veía los próximos años disfrutando de este camino. ¿Qué iba a hacer ahora? Nunca me cruzó la idea de la posibilidad de salirme de una carrera, pues además de ser un cambio fuerte, de cierta forma lo veía como un fracaso profesional y personal, al mismo tiempo que un «¿qué te dije?» por parte de mi papá.

Hablé con mi familia y les comenté lo que pensaba y sentía. Aunque no estaban convencidos de la idea, al final me apoyaron.

Empecé a averiguar de la disponibilidad de entrar a mi segunda opción, Ingeniería en TI, y en el verano enfoqué en prepararme para una segunda oportunidad, confiado de que las cosas sólo se han estado acomodando, y seguiríamos fluyendo.

El primer día de clases en la nueva carrera nos dieron un speech de bienvenida del cual no recuerdo nada más que un texto que decía “preparando profesionales para resolver problemas que aún no existen”. Me gustó el tono misterioso, y al mismo tiempo certero de la declaración, pero no tenía idea exacta de lo que se refería.

En los 5 años siguientes pasé, como quisiera pensar que cualquier estudiante pasa, por momentos de desesperación, miedo, experiencia, satisfacción y confianza. Cada vez fluía mejor con mi nuevo presente.

Después de varias estudiadas y setentas de última hora, se acercaba el último semestre antes de pasar al próximo nivel de la vida, e igual que hace 6 años al decidir qué carrera estudiar, me senté a pensar donde me vería una vez que me graduara.

Había intentado emprender un par de proyectos pero ninguno había despegado. Nunca me había visto trabajando en una oficina tradicional y estaba en contra de rendirme al sistema corporativo y capitalista vicioso de mi entorno. ¿Qué iba a hacer ahora?

A pesar de mi filosofía y autopercepción, estaba consciente de que posiblemente podría terminar trabajando en un lugar que no empatara con mis ideales, para aprender a sostenerme y crecer por mi cuenta.

Acompañado de este pensamiento decreté en mi mente que, pese a no tener idea de lo que haría, las cosas fluirían, como siempre, y al final del semestre estaría en el lugar indicado.

Entonado con mi consciencia, en ese entonces conseguí un trabajo en una empresa de ride-hailing (i.e. Uber, Cabify) nueva en LatinoAmérica, y me tendría que mover de ciudad. Justo lo que estaba buscando en ese momento: perspectiva, experiencia, e independencia.

Es interesante cómo estas empresas han cambiado la forma en la que nos movemos, trabajamos, e interactuamos. En bachillerato, por ejemplo, nunca me imaginé la posibilidad de picarle a una pantalla y en cuestión de minutos ver un coche llegar por mi para llevarme a donde quisiera. Y ahora yo trabajaba para una empresa que hacía esto.

Al final la frase en aquel discurso de bienvenida se estaba manifestando, y yo estaba trabajando en una empresa, que cuando comencé a estudiar, no existía.

Moverme de ciudad no me costó, pues estaba seguro de que quería el cambio y vivir la experiencia, pero tuve que dejar ir mi zona de confort, entre ella hábitos, una relación amorosa, y empezar un nuevo capítulo de cero, por mi cuenta. Decidí fluir.

Emocionado, llegué a mi nueva ciudad y trabajo. Los primeros meses fueron duros: no estaba acostumbrado a ese nivel de independencia y en ocasiones me sentía solo.

Como parte de mis procesos de aprender y empezar a comprender lo que la empresa y yo hacíamos, gustaba de platicar con los choferes para entender lo que les molestaba o lo que les gustaría mejorar; también las cosas que apreciaban.

Era viernes. 6pm. Mucho tráfico.

Esa vez llegó un chofer de unos 70 años. Ricardo.

Es curioso, no sé si a todas las personas nos pase, pero cada vez que me subo a un Uber/Cabify, tomo la decisión de qué tipo de viaje quiero tener en ese momento. Hay ocasiones en las que no quiero hablar o quiero ir con los audífonos puestos, pero otras, me nace preguntar qué tal va el día, la vida, etcétera. Cuando me subí al coche, había decidido ir en completo silencio.

A pocos minutos de mi casa, algo me hizo cambiar de opinión y le pregunté al señor que qué tal iba su día. Me volteo a ver por el retrovisor con una mirada de urgencia, como de gusto de que haya activado el espacio entre nosotros con platica, encontrando el momento perfecto para compartirme su historia.

«No tiene idea lo que me acaba de pasar, joven…» me dijo con un tono algo exaltado. No logré reconocer si era exaltado del buen o mal sentido, pero por su edad me preocupé: era más emoción de la que consideraría normal para alguien de su edad.

Me contó que había comenzado a trabajar a las 8AM, y que yo era su segundo viaje del día (me pareció extraño que en 10 horas hubiera habido tan poca demanda para un día con tanto movimiento).

En su primer viaje, se acercó una joven a su ventana a pedirle si pudiera esperar unos minutos a que salga su mamá, quien tomaría el viaje. Después de un momento, se subió una señora. Ricardo no puso mucha atención.

«¿Ricardo?» se escuchó, después de haber comenzado el viaje.

«¿Laura?», contestó Ricardo.

Ricardo paró el auto, para poder reconocer que era realmente Laura, el amor de su vida a quien – después de una separación obligatoria por presión de los padres de ella – no había visto en los últimos 50 años, hasta ahora. Ricardo apagó su aplicación.

Me resulta increíblemente moderno cómo suena esto. Una versión alternativa de “pidió el día”.

Se quedaron más de 8 horas platicando. Sobre ella, sobre él, sobre el tiempo, sobre todo.

Ambos ya tenían sus vidas hechas, felizmente. Hijos, nietos.

«Pero a pesar de esto» me dijo Ricardo, «se sintió lo mismo de siempre».

Ricardo no sabía qué hacer. Después de tanto tiempo, todo lo había llevado a ese momento. Y estaba dispuesto a dejarlo todo: su vida y sus nietos, con tal de estar con ella más tiempo.

Aunque es una gran anécdota, no tengo idea qué pasó con Ricardo y Laura, pero ese viernes llegué a mi casa muy reflexivo, e inspirado.

A pesar de tantas cosas, toda mi vida había pasado y fluido, y todo mi alrededor se acomodó, para que en ese momento coincidiera con Ricardo.

Panzazos en bachillerato; 1 año aprendiendo Arquitectura; 5 años en una carrera formando profesionales para resolver problemas que aún no existían; 3 semanas trabajando para una empresa de las que no existían; etcéteras, etcéteras: todo fluyó para que —aunque sea por un instante— reconociera que todo hace sentido.

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