Personajes femeninos: breve recuento de incompetencia masculina

Volumen Ocho

Jorge Olvera explora un tema usual en el cine (y otras artes): hombres que no saben cómo escribir un personaje femenino sin recurrir a explotar su sexualidad, usar tropos trillados y generalmente degradantes o sacrificar lógica o desarrollo narrativo con tal de facilitar la cosificación de dichos personajes.

POR Jorge Alberto Olvera Ramírez
4 mayo 2020

Personajes femeninos: breve recuento de incompetencia masculina

George R.R. Martin tiene una historia famosa: le preguntaron cómo le hacía para escribir personajes femeninos tan bien desarrollados y respondió “siempre he considerado a las mujeres como personas.” Con esta respuesta, Martin expuso la limitación conceptual que de inicio existe respecto a los personajes femeninos. Ésta pregunta lleva a otra: ¿por qué los personajes femeninos podrían representar un reto mayor para los hombres escritores? La manera en que el entrevistador formuló la pregunta parece sugerir una dificultad inherente en la tarea de escribir un personaje femenino siendo un autor hombre. Entonces… ¿por qué las mujeres no tienen el mismo problema?

El Internet ha facilitado el análisis masivo de obras de ficción; el sitio web TV Tropes se dedica a catalogar tropos en televisión, cine, música, juegos y muchos otros medios. Algunos tropos son sobre estructuras, algo tan fundamental como la estructura de tres actos ya se considera un tropo. Otros, sobre frases trilladas, por ejemplo, se hizo una recolección de villanos que usan la línea “tú y yo no somos tan diferentes”, dirigida al héroe. Otros tropos son menos inocentes y exponen capas de sexismo casual que han prevalecido por décadas. r/menwritingwomen, un subreddit con más de 300,000 suscriptores, frecuentemente publica ejemplos malos (principalmente de literatura) de hombres describiendo personajes femeninos, y después de leer varias publicaciones es posible detectar algunos patrones.

Estos patrones se pueden categorizar con relativa facilidad: algunos son malos (y por consecuencia, cómicos) por la aparente ignorancia de la anatomía humana. Uno de mis ejemplos favoritos es tan desconcertante que lo presentaré sin comentario adicional: es de la novela It’s Kind of a Funny Story, el narrador, al hablar del personaje de Noelle, dice: “Ella puso sus ojos en blanco. Creo que sus pechos rodaron, sincronizados con sus ojos. Los pechos son increíbles.”

Otros revelan normas de género en sus respectivos mundo ficticios que no parecen tener propósito fuera de sexualizar a los personajes: uno de los ejemplos más famosos es el de la armadura en juegos de rol y fantasía, en los que no es raro ver hombres en armadura completa y mujeres en bikinis de metal que ostensiblemente ofrecerían poca protección en una batalla. 

Otros muestran un sexismo casual más sutil (de compararse con el tropos de la armadura, obviamente): la línea: “crecí con hermanos”, comunmente cuando un personaje femenino demuestra destreza o fortaleza física, inmediatamente después atribuye dicha destreza o fortaleza al hecho de haber crecido con hermanos. Muchos de estos ejemplos son irónicos o satíricos, mientras que otros se usan para retratar la inmadurez de los personajes. Pero, con tan solo un puñado de ejemplos es posible concluir que los segundos son la excepción a la regla.

Retrato de una mujer en llamas (Francia, 2019) de Céline Sciamma fue una de las películas más celebradas del año pasado, e invitó comparaciones inevitables con La vida de Adèle (Francia, 2013), dirigida por Abdellatif Kechiche y ganadora de la Palma de Oro en el 2013 a pesar de mucha polémica alrededor de sus escenas sexuales gráficas y las condiciones laborales durante su producción. Es una comparación irresistible y muy fácil de hacer. Ambas son películas de origen e idioma francés y retratan una relación romántica entre dos mujeres. Sin embargo, la reacción de la crítica a estas dos películas fue bastante distinta: el filme de Sciamma recibió elogios por su autenticidad y mirada femenina, mientras que Kechiche fue acusado de fetichismo y explotación.

La comparación es inevitable, y tal vez un poco injusta; a pesar de sus similitudes, difieren en la época en la que se sitúan (siglo XVIII en Retrato y 2013 en La vida de Adèle), uso de música y especialmente cinematografía, Sciamma se esmera por crear planos que podrías colgar en tu pared como un cuadro, mientras que Kechiche prefiere un estilo más naturalista y casi voyeuristico con cámara de mano.

Afortunadamente para la suspensión de incredulidad del espectador, el largometraje de Kechiche carece de personajes en armadura inconveniente o con pechos que se mueven en sintonía con sus ojos. Si fuera posible separar la película de sus escenas sexuales y la naturaleza de la producción de dichas escenas, sería muy fácil disfrutarla por lo que es. Pero las escenas en cuestión (una de ellas dura seis minutos) se sienten tan explotativas que es difícil disfrutar la película, especialmente con conocimiento previo de los testimonios de las actrices principales sobre lo incomodo que fue grabarlas.

La explotación de Adele Exarchopulos (Adèle) y Lea Seydoux (Emma) durante la producción de La vida de Adèle es una desgracia. Es triste, porque a pesar de estas deficiencias, los personajes de Adèle y Emma no están mal escritos. Son un ejemplo de personajes bien escritos arruinados por un lenguaje visual que no hace sinergia con sus arcos narrativos. La insistencia de Kechiche de extender la duración de las escenas sexuales no le agrega nada a la historia, de hecho, le roba a la cinematografía, guion y actuaciones la oportunidad de un golpe emocional efectivo.

¿Y cómo reaccionó Sciamma a la comparación entre su película y la de Kechiche? Sorprendiendo a muchos, Sciamma defendió la mirada masculina de Kechiche, afirmando: “Podemos amar ambos filmes. No estamos a la altura de la naturaleza emocionante de este momento si comenzamos a reducir todo a preguntas de ‘bueno o no bueno; moral o inmoral; voyeur o no voyeur’, ese no es el punto. La clave es comprender qué motiva esas imágenes y qué buscan impartir”

Esta frase espero que sirva para disuadir a los críticos masculinos que se consideran en desventaja por ser hombres, que podrían pensar que la crítica de La Vida de Adèle se reduce a “los hombres nunca nunca podremos hacer una buena película sobre una pareja lesbiana”. Si tomamos la palabra de Sciamma como autoridad (y después de haber dirigido una de las mejores películas de la década pasada, sí la considero una autoridad), es claro que tanto la mirada femenina como la masculina es válida. Ahora, nos toca a todos los hombres que escribimos ficción esmerarnos por crear personajes femeninos multidimensionales, que reciban el mismo respeto que sus contrapartes masculinas. Personajes que no se reduzcan a su sexualidad o anatomía, que puedan compartir momentos íntimos con otros personajes motivados por sus intenciones, y no por la (aparente) satisfacción de su director. Para un hombre, escribir un personaje femenino no debe ser una tarea aterradora. Pero, de cierta forma, me da gusto que muchos hombres (me incluyo, he llegado a tener ese mismo temor en varias ocasiones) tengamos miedo de nuestra incompetencia para escribir personajes femeninos. Ese miedo es preferible al exceso de confianza que parecen sufrir muchos escritores, qué probablemente se preguntarían, “¿por qué este pasaje de mi novela tiene 20,000 upvotes en r/menwritewomen?”

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