Diario de una pinche gorda

Volumen trece

«Ser» suele usarse para cualidades permanentes, y «estar» para aquellas cosas que son mutables, que pueden cambiar. Inevitablemente, los ejemplos más claros suelen ser «gorda» y «flaca». No es lo mismo decir «estoy gorda» que «soy gorda». Ser gorda implica que la gordura es una parte ya esencial de tu ser, no hay de otra. Estar gorda, por otro lado, habla de que quizás eso cambie, quizás por fin hagas esa dieta y entres de nuevo en esos pantalones que no te quedan hace 5 años. El discurso alrededor de «ser delgada» y «ser gorda» es muy distinto. La delgadez se asume como lo deseable, y por lo tanto la característica inmóvil a la que aspiramos.

POR Camila Cienfuegos
10 marzo 2021

Diario de una pinche gorda

Entre mis comidas favoritas se encuentran: la pizza de cadena, los bagels, el queso brie, el menudo, los tacos de buche. Yo, que escribo esto después de comerme un taco de frijol, soy una mujer gorda. No sé cuánto peso ni me interesa, pero está claro que no me quedan los pantalones de Zara y que los rollos de mi panza están ahí aún cuando estoy de pie. Hablar de las comidas favoritas de una cambia radicalmente cuando la gente te ve y dice “esta muchacha seguro que no hace ejercicio”, etcétera. No se espera de mí que hable de la alegría que me da la comida tan abiertamente; al contrario, he de fingir vergüenza por comer, por gozar, por entregarme al placer de lleno y sin tapujos. No me da pena que me vean comer. Ya no. Pero ha sido un largo y sinuoso camino.

Aprender a enunciarse de esta manera toma mucho tiempo. A mí me tomó casi 15 años: desde más o menos los 11-12, cuando me vi al espejo y me supe gorda por primera vez, hasta alrededor de los 26-27 cuando por fin asumí mi condición y me autonombré gorda, con todas sus letras. En 2010 terminé la preparatoria y mi generación hizo una cápsula del tiempo. En ella puse una carta que me escribí a mí misma: básicamente una lista de deseos que tenía para mi yo del 2020 que termina con una oración escrita a destiempo, en Sharpie negro, en vez de tinta de pluma, que dice «más te vale no estar gorda». El día que cumplí 27 (que no fue en 2020) recuerdo mirarme al espejo y decirme: por fin, Camila, por fin eres la mujer de tus sueños. Y esa mujer de mis sueños sigue estando gorda. Vuelvo a menudo a esa Camila de 2010 que era temerosa, insegura, y avergonzada de tomar espacio que sentía que no le correspondía, y le digo: Camila, lo lograste. Sigues estando gorda. Todo lo demás lo conseguiste, mi reina. Estás gorda todavía, y estás buenísima.

Una de las primeras cosas que aprenden mis estudiantes en su clase de español es la diferencia entre «ser» y «estar». Básicamente, lo explicamos de dos maneras: «ser» suele usarse para cualidades permanentes, y «estar» para aquellas cosas que son mutables, que pueden cambiar. Inevitablemente, los ejemplos más claros suelen ser «gorda» y «flaca». No es lo mismo decir «estoy gorda» que «soy gorda». Ser gorda implica que la gordura es una parte ya esencial de tu ser, no hay de otra. Estar gorda, por otro lado, habla de que quizás eso cambie, quizás por fin hagas esa dieta y entres de nuevo en esos pantalones que no te quedan hace 5 años. Y vaya, no quiero decir que los cuerpos no cambien, todo lo contrario. Pero el discurso alrededor de «ser delgada» y «ser gorda» es muy distinto. La delgadez se asume como lo deseable, y por lo tanto la característica inmóvil a la que aspiramos. La gordura no. Ser gorda siempre es algo momentáneo, que puede desaparecer en cualquier momento (si te lo propones, claro, ¿cómo que no has ido al gimnasio hoy? pinche obesa, las gordas son gordas porque quieren, toma mi programa de 30 días para que ya no tengas los brazos gordos). Mis estudiantes me piden que repasemos «ser» y «estar» a menudo. Ahora me gusta poner de ejemplo los sentimientos u otras cuestiones que no necesariamente impliquen hablar de nuestros cuerpos de esa forma. Como diría Rilke, «no feeling is final». Y también ese odio a nuestras lonjas puede ser finito.

Hablar de saberme gorda exige que hable de mi relación con la comida. Yo amo comer, es uno de mis grandes placeres en la vida. Me gusta presumir que he probado miles de cosas y lo seguiré haciendo hasta que este cuerpo y este mundo me lo permitan. La pandemia ha vuelto a poner este tema bajo el reflector. Me ha tocado vivirla con dos personas que, como yo, adoran comer y están siempre puestas a probar todas mis creaciones. Además de comer, disfruto muchísimo cocinar para otras personas. Me da una alegría gigante ver las caras de satisfacción de las personas que quiero cuando prueban algo que yo hice con mis manos. Durante este encierro comer se ha convertido en una suerte de refugio. Y comer bien, vaya, y en compañía. Dedicarle horas a un estofado o dejar un pan hornearse a fuego lento. Medir el tiempo a través de los hervores de un caldo. Pero luego, al final de la olla y de los gestos de satisfacción, y de las risas y suspiros, está la culpa. O si no la culpa, todos esos tuits y posts de Instagram donde la gente se queja de que ya no le quedan los jeans, de que se ha puesto “marrana” durante la pandemia. O una foto donde dicen que algo es “comida de gordo”, como si decirlo le quitara cierta gravedad ficticia a la hamburguesa que están a punto de embutirse. Es que, a ver, para mí toda la comida es “comida de gordo”. Porque no importa que me coma yo, sigo siendo una gorda comiendo. Si subo una foto comiéndome una lechuga con sal pues, efectivamente, sigo siendo una gorda comiendo. Y eso ni es bueno ni es malo, solo es. Como toda la comida a la que nos empeñamos en categorizar entre buena («fit») y mala («gorda»).

La comida no tiene un valor moral inherente, así como la ropa o los perfumes no tienen género, etcétera. A las gordas desde chiquitas nos enseñan que la comida no te nutre, te engorda. ¿La tortilla? Mala. ¿Los frijoles? Fatales, no les pongas manteca. ¿El taco de pastor? Uf, pídelo con una sola tortilla y sin grasa. Y así vamos perdiendo no solo el gozo por la comida, si no que también se va lacerando la relación que tenemos con alimentos que son parte de nuestra historia cultural. Vamos poco a poco tildando ciertas comidas de indeseables solamente porque la cultura de la dieta nos hizo creer que engordar es literalmente lo peor que te puede pasar.

La gordofobia no perdona: es racista, es clasista y es colonial. La reproducción de este discurso está anclado al desprecio por las personas racializadas, pobres e indígenas. El culo grande como ideal existe a partir de que se le blanqueó, antes de eso todavía estaba enmarcado bajo el terror a las mujeres negras, un grupo que ha sido especialmente violentado por el racismo científico y sistémico del que muchxs de nosotrxs nos seguimos beneficiando activamente. Recuerdo una vez con un exnovio que estábamos viendo el videoclip de Hotline Bling, de Drake. En eso que él voltea y me dice que «no le gustan las mujeres así de culonas porque se ven gordas», conmigo ahí al lado, una gorda culona. Pero según esto mis nalgas sí le gustaban, ve a saber. Me tomó algunos años desmenuzar esta declaración. Las mujeres blancas (o blancas-mestizas, como yo) con culos grandes nunca son sometidas a semejante escrutinio o abierto desdén. Cuando copiamos frases gordofóbicas y las usamos para amedrentar a personas gordas, lo único que estamos revelando es nuestro propio racismo internalizado. La proximidad a la blanquitud sigue siendo la moneda de cambio que utilizamos para demostrar nuestro valor como personas. Ser gorda es, entonces, una divisa que vale muy poco.

En fin, que yo también he subido de peso durante la cuarentena. Seguido me hago consciente de cómo mi panza roza mis muslos cuando me siento. Hay mañanas en las que no me quiero ver en el espejo al salirme de bañar con tal de no enfrentar la realidad: engordé. Tengo unas estrías nuevas y rojas cerca del ombligo como las que tenía en la adolescencia, y a veces me descubro evitando tocarlas. He tenido que deshacerme de pantalones a los que les reventé el cierre tratando de subírmelos. Mi mamá me decía que siempre había que tener un “pantalón castigador”, que te pusieras y fuera la medida de si has engordado o no. De más queda decir que ese dichoso pantalón ya ni siquiera existe en mi clóset porque hace meses que dejó de quedarme. En su lugar, compré un pantalón que me sube casi hasta las costillas y con él que se me ve un culo espectacular. Pedí por internet calzones nuevos que me quedan pintados y me hacen sentir como vedette de los 70’s. Me encantan los crop tops, y ahora casi todas las camisetas que tengo las corto para que se me vea la panza, porque además hace un calor espantoso aquí en Texas. He subido de peso, sí, pero también he empezado a procurarme ropa que me haga sentir guapa, cómoda y estilosa. Nada de entrar a medias en un pantalón y convencerte de que esa es tu talla, y andar todo el día incomodísima por ahí, sin poder agacharte. En cambio, con el pantalón que antes mencioné puedo sentarme en el sillón con mi roommate y compartir curry a domicilio hasta la saciedad mientras vemos comedias románticas. Cuando esa inquisición que todos llevamos dentro quiere volver a salir, le digo: nel, cabrona. Aquí mando yo. Y este cuerpo que te afanas en despreciar me ha traído hasta aquí. Este cuerpo me permite enchilarme, sentir la textura del helado, percibir el aroma del café recién hecho. A otra cosa, mariposa.

Algo en mí quiere terminar este texto hablándole a la gente gordofóbica. Pero esa es otra pulsión a la que tampoco voy a sucumbir, porque este texto en realidad no es para ellxs. Lo que quiero es escuchar más historias de gozo de cuerpos gordos. Me interesa sentarme con ustedes, personas gordas que me leen, y cocinar y comer y beber y acaparar todo este espacio sin la presión constante de encogernos. Que la comida vuelva a ser comida, una fuente inagotable de historias, placeres y no un instrumento de tortura autoinfligida. Y ahora que estamos en medio de tantas crisis simultáneas (o de una sola: el capitalismo) deseo que podamos comer y sentir que con ellos nos abrazamos el corazón. Hay que tomar la dicha de donde se pueda. Y adelante.

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