Food diaries: un día a la vez

Volumen Trece

¿Podemos trazar una línea en nuestra memoria a algún momento específico en el que nos enseñaron a estar tan al pendiente de nuestro cuerpo y, por ende, de nuestra alimentación? Crecemos con discursos y mensajes en los medios que nos conducen a tener una relación complicada, por decir lo menos, con la comida. Un ejemplo que marca la diferencia entre cómo nos enseñan a las mujeres a relacionarnos con la alimentación es que a un niño le dirán que coma mucho, que así crecerá fuerte y grande porque, claro, un hombre debe ser así; en cambio, una niña solo tiene que comer lo suficiente porque su cuerpo no tiene que ni debe ser grande y fuerte, solo tiene que ser atractivo, delgado y frágil. Marifer Martínez retrata su experiencia a partir de esto.

POR Marifer Martínez
10 marzo 2021

Food diaries: un día a la vez

Rechacé
una invitación a cenar
y una rebanada 
de mi propio
pastel de cumpleaños
“Todo sea por el verano” de Olga Carrizales

¿Podemos trazar una línea en nuestra memoria a algún momento específico en el que nos enseñaron a estar tan al pendiente de nuestro cuerpo y, por ende, de nuestra alimentación? Me refiero a nosotras las mujeres. Es imposible hablar de comida y no hablar de nuestro cuerpo; de cómo nos percibimos, o de la forma en que queremos que otros nos vean. Hablo desde mi lugar, lo sé, es mi experiencia particular con la comida y si bien nunca he pasado por un desorden alimenticio, sé que mi relación con la comida no ha sido sencilla. Es más, no ha sido un camino sencillo para las mujeres. Crecemos con discursos y mensajes en los medios que nos conducen a tener una relación complicada, por decir lo menos, con la comida. Un ejemplo que marca la diferencia entre cómo nos enseñan a las mujeres a relacionarnos con la alimentación es que a un niño le dirán que coma mucho, que así crecerá fuerte y grande porque, claro, un hombre debe ser así; en cambio, una niña solo tiene que comer lo suficiente porque su cuerpo no tiene que ni debe ser grande y fuerte, solo tiene que ser atractivo, delgado y frágil. Esta es mi experiencia.

En el diván. 2018

«¿Cuántas veces comes al día?», me pregunta mi psiquiatra en la segunda sesión. Estoy sentada frente a él. Son las cinco de la tarde y llevo una semana tomando medicamento para dormir. Después de ocho meses de insomnio, llego a terapia para tratar una situación y en este proceso me doy cuenta de qué tan desordenada está mi vida. No duermo, hago el mínimo necesario: cumplir con tareas –en este momento estoy en octavo semestre y tengo veintidós años–, leer las lecturas obligadas , limpiar el cuarto para mantener el efecto placebo de que estoy en control. Pero es mentira. No tengo actividades recreativas, no puedo ejercitarme porque no tengo energía, estoy enojada la mayor parte del tiempo –tengo mucha rabia guardada–, paso horas frente a la pantalla del celular y me doy cuenta de que como solo dos veces al día. ¿Por qué? Tardo seis meses en responder a esta pregunta.

Mi relación con la comida es una relación de castigo.

Si no cumplo con la agenda, una comida menos; si no termino un pendiente, no hay cena; si no despierto temprano, no hay desayuno. Y no es que fuera una decisión consciente: este comportamiento se acumuló durante años. Desde los catorce presenté problemas de gastritis por estrés. Al llegar a terapia a mis veintidós años me doy cuenta de que no me cuido, y no es por repetir algo que ya suena a frase hecha –cuida y ama tu cuerpo–, pero en verdad me creí la idea de la penitencia: mortifica tu cuerpo, y mi cuerpo ya lleva mucho tiempo mortificado.

El diario

Hacia los últimos meses de terapia –terminando el año 2018– comencé un diario de comidas. La idea surgió por una publicación en redes sociales. Mi búsqueda de contenido ahora es sobre recetas y sobre cómo preparar comidas sencillas y rápidas. A la par, empecé a trabajar de lleno en una editorial y la comida parecía ser nuestro eje central: almuerzo, comida y postres todos los días. Era nuestra convivencia favorita. Admito que mi alimentación no era la mejor, pero las restricciones y castigos ya se habían terminado. En el diario anotaba las tres comidas del día y los dos refrigerios. El objetivo era no saltarme comidas y cambiar la forma en la que percibía los alimentos. Comer no es un premio o un castigo, es una necesidad.

El detalle con el diario y la forma en la que me relaciono con la comida es que no es una relación de dos extremos, el mundo siempre interviene.

Abundan comentarios como «estás más repuestita», «estás caderona», «te ves ancha», «comes como si tuvieras dieciséis». En mi caso, eran constantes. Haré una anotación: siempre he sido una persona que se mantiene en el peso adecuado para mi estatura y mi edad, y cuando más recibí estos comentarios pesaba 51 kg. Era ridículo.

Sí: es ridículo hablar del cuerpo de las demás, porque nunca es suficiente: los cuerpos de las mujeres siempre parecerán o muy grandes o muy flacos, o muy voluptuosos y entonces son un objeto de consumo. Y es que la forma en la que nos percibimos, la meta a la que queremos llegar, siempre está atravesada por la mirada del otro. A esto hay que sumarle los cuerpos perfectos, los cuerpos esbeltos, curvilíneos, 90-60-90 que se ven en las redes, siempre con la postura perfecta, cuerpos para el consumo visual que siempre dan pie para criticar el cuerpo propio y el ajeno. El progreso que había tenido desde los inicios de la terapia, hacia la mitad del 2019 se diluyó. Así que continúo con el diario con un enfoque distinto: ahora hay que anotar estrictamente lo que como, cuánto como, si respeté o no las porciones, si me excedí en las cheat meals –terrible idea, la comida como una trampa–, si hice ejercicio y si este compensa lo que comí. Mi diario ya no es de cuidado, es de vigilancia.

La observación

Para octubre del 2019 mi diario tiene cada vez más espacios en blanco en las semanas. Anotar mis comidas ya no está funcionando. Si anoto todo lo que ingiero, la culpa aparece. Pero reconozco que no me siento mal. Físicamente mal. Llevo dos meses haciendo ejercicio porque me gusta y, como consecuencia, me siento fuerte. A un año y meses de cuando empecé terapia, el insomnio no ha vuelto, no me restrinjo comidas –aunque aún me falta no recriminarme por lo que como– y tengo energía. Así que vuelvo a intentar el diario. Es necesario volver a un diario de cuidado y no de vigilancia. A mi diario le hago un apartado más: ¿cómo me sentí hoy? Empiezo a observar: hay una relación entre mi estado de ánimo y lo que como: me importa comer mejor, soy una persona de muchísimos antojos y con un gusto fuerte por lo dulce y el pan, pero mi gastritis y colitis no me dan tantas libertades. Sigo haciendo ejercicio, sigo comiendo lo que quiero, pero ahora procuro no afectar a mi estómago. Ya no se trata de un castigo o de cumplir con el cuerpo perfecto, quiero un cuerpo sano. Eso es todo.

La pandemia 

Durante los primeros meses de la cuarentena compré algunas cosas para entrenar en casa. Si bien los primeros días de encierro los disfruté –y sé que esto fue un gran privilegio–, en poco tiempo me di cuenta de que el encierro no iba a ser sano por mucho tiempo; que correr y caminar por las mañanas era necesario. Aproveché para experimentar con recetas, a preparar postres que fueran buenos para mi estómago, a seguir con un registro de mis cinco comidas para encontrar lo que me hace sentir bien. Y mi diario de comida me ha permitido descubrir, en este primer año de pandemia, que el té verde después de las cinco de la tarde me quita el sueño, que el café con cacao me da taquicardia, también el té rojo, que la avena me encanta, pero no la digiero, que tengo mala absorción de nutrientes de algunos alimentos. Resulta que soy sensible al gluten y ahora empiezo a comer otras cosas y me siento muy bien –cosas dulces gracias a amigues que me han dado opciones para disfrutar mis antojos–. Resulta que puedo comer más de lo que tenía pensado en el día y no pasa nada. Resulta que ya no como menos de lo que debo. Resulta que tengo casi veinticinco años y es ahora cuando he aprendido a disfrutar la comida para cuidar mi cuerpo. Que mi cuerpo es mío y me importa solo a mí estar bien con él. Que gracias a esto entiendo también que el cuerpo de los demás, en particular de las mujeres, no es tema de discusión. El cuerpo de los demás no se mira, no se toca y tampoco se discute. El cuerpo ajeno no es objeto de opinión pública. Que este camino que a veces suena a rehabilitación me ha tomado hasta ahora tres años para relacionarme de una forma sana conmigo: el insomnio no me persigue, la gastritis empieza a mejorar, la colitis es menos frecuente, el estrés disminuyó. Que soy feliz con este cuerpo que tengo.

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