Autocontrol

Volumen Dieciséis

Estos días no oigo mucha música. Es como si toda melodía guardara dentro de sí alguna pesadilla que prefiero ignorar. Yo, que por años he construido una personalidad alrededor de escuchar música: de leer todas las reseñas, de escuchar todos los discos y pretender que me merecen opiniones.

POR Camila Cienfuegos
6 septiembre 2021
FOTOGRAFÍA POR: VOCANOVA

Autocontrol

Es tarde. O temprano. Depende de cómo se mire. El resplandor de mi celular me aturde un poquito. 3:24 a.m. Tengo clase a las 9:00, y si quiero tomar el camión para llegar a tiempo necesito despertarme sobre las 7:00, desayunar con calma, bañarme mientras escucho algo, y salir sin prisas para no llegar sudada. El calor tejano de septiembre no perdona a ninguna hora. La cuesta del estadio que tengo que subir para llegar al salón es horrible. Odio que la gente que pasa en dirección opuesta a mí me vea resoplar. Todo mundo lidia con todo mejor que yo; mil veces mejor. Brinco entre redes sociales. A esa hora del infierno nadie está poniendo nada…si acaso algunas gentes medio desconocidas a las que sigo en Instagram por alguna razón que me excede. Sé de antemano que no voy a volver a dormirme. Tiro el celular con rabia al suelo, que en realidad está a 10 escasos centímetros de mí. La estética de la tristeza, esa que insiste en la precariedad, me empujó a decidir que estoy bien durmiendo solamente sobre el piso alfombrado, con el puro colchón. Sé muy bien lo que me despertó, pero no encuentro nada que alimente mi sospecha a esas horas.

Estos días no oigo mucha música. Es como si toda melodía guardara dentro de sí alguna pesadilla que prefiero ignorar. Yo, que por años he construido una personalidad alrededor de escuchar música: de leer todas las reseñas, de escuchar todos los discos y pretender que me merecen opiniones. Pero esta mañana insomne me regresa el antojo. Escojo unos éxitos de Tommy Olivencia y me meto a la regadera. Bailo poquito, pero me da miedo resbalarme. La salsa, ese bálsamo. Casi se me olvida que no dormí.

Reviso el celular otra vez. Veo algo que me inquieta, algo que bien podría ser nada, pero que no lo es. Yo sé que es algo. Me dan ganas de vomitar. Salgo del departamento con la mochila a cuestas y un agujero en la garganta. Me pongo los audífonos y le doy play a cualquier lista que se me aparece.

En clase estoy súper distraída. Mis compañeres de clase hacen comentarios elevadísimos, todes me parecen que rayan en la erudición. Me pregunto si habré leído yo lo mismo, o si lo habré leído mal, o qué. La facilidad con la que traen a cuento a Bourdieu, a Bakhtin, y a otros güeyes de nombres impronunciables me aterra. A estas alturas mi ansiedad es como un sándwich enorme que no puedo morder sin que se me desparrame sobre las manos. Pido permiso para ir al baño (como niña) y me salgo a fumar a la calle (como adulta). No tengo ni puta idea. Qué chingados estoy haciendo aquí. Busco una canción de Whitney, No Woman, que siempre me tranquilizó, pero en cuanto empieza siento una punzada que me atraviesa.

Pongo el celular en modo avión. Fumo compulsivamente para distraer el impulso de seguir buscando pistas que le den algo de sentido a lo que me está pasando. Porque yo sé que algo está pasando, pero no tengo pruebas, no tengo nada que me permita afirmarlo. Solo mi cuerpo, que ahorita es como una cáscara de huevo vacía.

Esta semana la lectura de tarea es La luz difícil, de Tomás González. Ni idea de quién sea ese tipo. De verdad que no sé nada, me digo, soy una idiota. Pongo el celular en silencio y lo escondo en el horno. Lo escondo de mí misma, pues. No hablo con nadie. Durante todo el fin de semana de mi boca no sale una palabra, al punto que se me olvida un poco el sonido de mi propia voz. El libro es desgarrador, y me pilla llorando a moco tendido en medio de un café donde toda la gente tiene tatuajes. Me siento ridícula, y eso que yo también tengo tatuajes, pero ya ni eso importa. No soy nada, ni soy nadie en esta ciudad de aire caliente. En el café empieza a sonar No Woman y ya lo siento como una afrenta personal.

Hay certezas que nomás se tienen en la tripa, como esta que yo tengo ahorita. Mi celular se ha convertido en un símil de un videojuego macabro donde me la paso buscando las piezas de un rompecabezas sin forma. Y lo peor de todo es que es de mi celular de donde usualmente escucho música. Abrir Spotify se siente como caminar peligrosamente cerca del abismo donde viven los monstruos. Bueno. El monstruo.

Otro día. Amanezco con iniciativa (raro en mí). Me digo que voy a explorar la ciudad, the live music capital of the world, a ver si por fin me llama a rendirme ante ella y empezar a echar raíces. Dejo el auto por si me da por tomar alcohol y pido un Uber. Tengo temporalmente domado al malestar, no le he dado de comer a la bestia en todo el día. Pienso que soy una adicta en recuperación, al fin.

El bar se llama Barracuda, y hay un evento de Pitchfork. Siento que la Camila de 15 años está viviendo un sueño que la Camila de 23 ya abandonó. Tocan unas bandas que ni me gustan pero hago como que sí, a ver si algún modernito con un tatuaje de hot-dog me hace caso. Toda esa música me suena igual, no sé si aburrirme del rocksito indie es una señal inequívoca de que estoy envejeciendo a una velocidad psicótica. Me da la impresión de que la ansiedad hace que mi cuerpo desprenda un olor como a podredumbre; nadie se me acerca. Me tomo varias cervezas y me fumo varios cigarros y hasta me convenzo de que me la estoy pasando bien.

Llega el Uber y respiro profundo. Me saluda amablemente, es un chico que debe ser de la misma edad que yo, más o menos. Me pregunta por el evento, le platico un poco, y luego silencio. Trae una estación de radio que está poniendo R&B y me sosiega. Y de pronto, de la nada, mientras veo por la ventana las luces frenéticas del freeway y me siento como protagonista de una película de Sofia Coppola, empieza la canción. Ni siquiera tengo fuerzas para pedirle al conductor que le baje o le cambie, ni nada. Digo, ¿será que necesito enfrentarla?

I’ll be the boyfriend
in your wet dreams tonight
noses on a rail
little virgin wears the white

Pero yo no la enfrento a ella, al contrario. Me agarra completamente desprevenida, sin entrenamiento alguno. Automáticamente mi cabeza se llena de un montón de imágenes que se sienten como golpes secos en la cara. Qué violenta es la memoria cuando quiere. A la paliza se le suman recuerdos de palabras, de frases y de promesas perversas de las que no me quiero soltar. Me sorprendo con los ojos secos de no llorar, descolocados, sin saber qué hacer con ellos. Estoy atrapada dentro de mí, dentro de esta que soy en este auto, en esta urbe ajena y horrible, con esta canción que no me da tregua. No puedo más conmigo misma. El nivel de devastación que dejó el huracán a su paso no había sido tan evidente como en este preciso momento.

«Miss, you’re home», me dice el chofer del Uber. Le escupo un lastimero thank you y me salgo a la banqueta, buscando mis llaves desesperadamente. En su lugar, saco mi celular, que en este momento ya no me puede engañar más. No sé cuántas horas paso escarbando Twitter, Instagram, Snapchat, Facebook, hasta mi correo electrónico. No lloro. Vomito la cerveza. Fumo. Finalmente hago paz con que probablemente esto es algo de lo que nunca me voy a curar. Esta va a ser mi vida ahora. Así, poco a poco hasta que pierda la cabeza por completo. Llegar a esta conclusión me trae una dudosa calma. Pienso si esto será aceptar mi cruz ya de una vez por todas. No sé qué tipo de manda sea esta pero vine a pagarla y ni hablar. Busco la canción en mi celular y la pongo en altavoz en repetición, hasta que el cansancio, la tristeza, y el alcohol me vencen y me quedo dormida hasta el día siguiente.

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