Una vez tomé un taller

Volumen Diecisiete

Dicen que se llamaba Ilegible pero la verdad es que nunca supe bien a bien si los talleres literarios debían tener un título para cumplir su condición de taller o de literario. Tampoco he logrado descifrar qué hace un taller a un taller, quiénes hacen un taller —díganme si es que hay encargados o especialistas—, y a todo esto qué es tallerear; me carcome la duda.

POR Mariana Ortiz Joachin
1 noviembre 2021
FOTOGRAFÍA POR: VOCANOVA

Una vez tomé un taller

Porque, seamos honestos, esto es a todas luces ilegible.
Pablo Duarte

Dicen que se llamaba Ilegible pero la verdad es que nunca supe bien a bien si los talleres literarios debían tener un título para cumplir su condición de taller o de literario. Tampoco he logrado descifrar qué hace un taller a un taller, quiénes hacen un taller —díganme si es que hay encargados o especialistas—, y a todo esto qué es tallerear; me carcome la duda. Por eso cuando me dijeron que Ilegible era el taller menos taller del mundo literario, me interesó ingenuamente. Yo tenía un par de hojas en blanco listas para arruinarse con algo que llaman un texto. Infectar aquellas hojas con palabras me parecía necesario, como lo sienten quienes se asumen escritores al menos alguna vez en su vida. Yo quería saber qué se siente escribir, así que comencé como se empieza casi todo: no sabiendo qué hacer ni qué decir, imaginándome cosas, retrasando la escritura lo más que se pudiera, haciendo todo menos lo que se llama un texto, comprando plumas y cuadernos como para cumplir una promesa rota, dejando que la inercia de la escritura me llevara hasta donde llegara, hasta que me fuera imposible no escribir.

El inicio, si es que hay tal cosa, es un tanto poroso, incómodo: quién decide empezar qué, por qué, cuándo, cómo inician los talleres si no es con un saludo bochornoso de quien llega impuntual a la primera sesión. Pero no hay inicio, lo dijo alguna vez Tomás Segovia: por empezar empiezo / por honrar en su gloria a la inminencia / todavía aplazando / con un lento ceremonial y ausente / lo que ha de quedar dicho. Qué decimos al inicio de un texto, de cualquier cosa, si no es nada; qué pensamos decir si no es el tiempo que nos queda por decir todas las cosas; es el encuentro con la espera misma / y esa espera lo sé espera una palabra.

Ahí estaba el profesor enlistando quién sabe qué cosas sobre cómo comenzar, yéndose por una parte y luego volviendo a empezar por otra, haciéndose un laberinto del que solo él conoce la salida (entonces se da el gusto de recorrerlo paciente), imponiendo lo que un texto es a partir de lo que no es. Este texto no es: poesía, un ejemplo de buena escritura, una promesa cumplida, dice. Este texto es: un entretenimiento rebuscado, una confesión de parte, una manera de decir que no tengo nada que decir.

Saco de mi mochila las hojas con su blancura como amenaza, no hay forma de escapar de lo luminoso, blancas son las hojas y blanco es el salón que nos encierra obligándonos a escribir. Las dejo sobre la mesa frente a mí como esperando algo, un inicio que nunca sucede, una primera palabra, un texto de repente. Siento las palabras de Clarice Lispector retumbar en los oídos, casi como un ímpetu para que el profesor me diga qué escribir: primero, esto que intento escribir es una manera de debatirme, y después, lo que te escribo no tiene principio, es una continuación. ¿Lo sabrá quien organizó este taller?

I.

La primera sesión de Ilegible es, según el profesor, para presentar un escenario y dos voces en conflicto alrededor de la forma de escribir correctamente. Lo dice muy seguro, como si hubiera un plan que seguir. Pero más que escribir, hablamos. Hablamos de cómo escribir, no escribimos; las hojas se quedan ahí, fijas, aún esperando. La consigna es elegir un tema: voy a escribir sobre la escritura, me digo tan fácil, tan tonta, tan primeriza. Ya sé: el escenario que tomará forma será, precisamente, este mismo salón. Aquellas dos voces serán la mía y la de mi cabeza, nada fuera de lo normal. La consigna se cumple, pero ¿y la escritura? Entonces sucede, el profesor enuncia: Apúntenlos. Olvídenlos. Da igual. Tal vez mi ambición me esté llevando demasiado lejos, tal vez sí hay que olvidar el ímpetu por escribir sin antes pensar detenidamente en la voz que nos dice cuándo hay que escribir. La conversación del taller se ha convertido, entre el profesor y los otros, en una diatriba sobre los puntos, las comas, las pausas, los respiros. Ahora, escriban desde ahí. Sobre y desde ahí. Hasta llegar de vuelta a la superficie. Y qué es la escritura sino un respiro, el espacio entre la palabra dicha y la palabra que se quiere decir. Volveré, pienso engañada. Esto está muy bien.

II.

Son las cinco treinta de la tarde. Voy exactamente treinta minutos tarde a la sesión de hoy. En el camino apurado pienso que la impuntualidad también es, de hecho, retrasar la escritura. Cuando llego el profesor no se aflige por mi falta de organización, me condena en su mente, de eso puedo estar segura. Hay gente que no vino y eso me tranquiliza. De ellos seguramente puede notar su ausencia y a ellos estarán dirigidas las sentencias pasivo-agresivas. Los demás me ven entrar al salón, sigilosa y torpe, mientras debaten el eje de esta segunda sesión, donde se cuestionan algunas de las certezas que entraña la escritura y el papel del lector en el proceso de composición en medio de la continuada pugna entre las dos voces. O lo que es igual a romper el silencio para que las hojas en blanco por fin puedan dejar de estarlo, para que la luminosidad se oscurezca poco a poco. Me siento en una silla hasta el fondo en el momento preciso en el que el profesor dice una vez que escuchen la respuesta de su lectora, su lector y sus múltiples lectores es momento de tomar una decisión. Hay que decidir qué se hace con esa información. ¿Cómo? ¿A ustedes los leyeron?

III.

Llegué temprano a la tercera sesión, demasiado temprano. Esto también es impuntualidad. Todavía no llega ni el profesor y yo me debato internamente en dónde sentarme ya que por fin puedo escoger entre filas y columnas de sillas incómodas; puedo decidir si la escritura sucederá cerca de la puerta o de la ventana o del siempre insuficiente aire acondicionado; elegir la cantidad de luz que quiero que me caiga en el momento que decida escribir la primera letra, la primera palabra y el resto de oraciones que le sigan en automático. No pasa mucho tiempo cuando comienzan a llegar. El profesor me mira y sé que se ha aprendido mi cara pero no me dice nada, ni siquiera un saludo infantil. Llega otra persona y en total somos tres. Se azota la puerta y entonces se comienza como si no hubiéramos empezado ya.

El tema de la sesión de hoy será una voz [que] toma la palabra para hacer una serie de prescripciones bien conocidas y de dudosa efectividad para escribir mejor, y otra voz [que] señala el principio del fármaco presente en todo taller y en toda prescripción editorial. El profesor desiste de hacer un ejercicio porque no tiene chiste entre las personas que ahora conformamos el taller. Con ello, la voz que emite él, no nosotros, es desganada, como si se hubiera dado cuenta de que alguien allá afuera está pensando en su frustración, como si se la estuviera mostrando insistentemente. Quería que hiciéramos un decálogo para escribir, una especie de manual que nos sirviera al momento de plantarnos frente a las hojas, pero no funciona, quiere que lo hagamos en silencio, que lo hagamos para adornar su desilusión.

IV.

Estoy agotada. No sé ni por qué me presento a la cuarta sesión de Ilegible, donde, en un intento por hacer autocrítica, se propone una vuelta a la materialidad de la escritura por medio de un ejercicio de borrado; [y] ninguna de las dos voces cede en su posición frente a la escritura. ¿Borrado? Pero si acabo de empezar a escribir. Tacha lo que llevas ya escrito sin importar su calidad. Veamos qué dice el texto. Veamos qué protestas plantea, impone sus instrucciones. Hay que hacerle caso, hay que conocer las palabras, saber su redondeo, hasta dónde llegan, hay que saber que una termina y otra empieza y así consecutivamente hasta que la hoja en blanco ya no tenga ni un espacio vacío. Pero ¿esto es escribir? ¿Se escribe borrando también? Estoy confundida, tengo demasiadas preguntas que no puedo emitir. La autocrítica me lleva a borrarlo todo, tachar cada una de las 57 palabras que había escrito sobre escribir, me quedo en silencio el resto de la sesión, me limito a escuchar a aquella voz que tiene fe ciega en la escritura que no sucede.

V.

Prefiero el fracaso antes que la vergüenza. No llegué a la última sesión, donde las personas inscritas entregaban para su lectura crítica el trabajo final que evidenciara su competencia en el manejo de los recursos planteados en cada una de las sesiones del taller, porque quién se atreverá a leer esto que es a todas luces ilegible. Prefiero permanecer oculta entre quienes no asistieron más a un taller sobre la (im)posibilidad de la escritura, elijo ser condenada por el profesor por no haber empezado siquiera a escribir, por no terminar nunca, por no haber ensuciado las hojas blancas o, tal vez, por ensuciarlas demasiado, por no haber escrito lo que le sucede al pez o al farmacéutico o al ojo que me ve siempre desde un punto distante, inalcanzable, al final de todas las historias que pude configurar y que no lo hice por miedo, por irresponsable, por incapaz. Ya me lo imagino enlistando una serie de pretextos, todos juiciosos, sobre la fallida tarea que nos impuso: preferí no hacerlo, me abrumaron las instrucciones, no tuve tiempo. En todo caso, aquí le dejo el mío, profesor: renuncio a este taller, sin decir todavía, y al renunciar también decido volver a empezar, estoy diciendo ya.

VI.

Nota para futuros alumnos y futuras alumnas: Ilegible de Pablo Duarte (Gris Tormenta, 2020) es un taller imaginario para quienes se enfrentan con el letargo del inicio, con el final infinito, una espiral profunda, para quienes escriben saboreando en los dedos, en la lengua, el fracaso de las palabras.

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