De alguna manera, en algún lugar, en algún momento

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Dark, antes de ser una serie de viajes en el tiempo, física cuántica o universos paralelos, es un drama humano; una historia con alta carga simbólica sobre el dolor, el deseo, el destino y la muerte

por Federico I. Compeán Revuelta
7 Julio 2020
Fotografía por: Netflix

De alguna manera, en algún lugar, en algún momento

Dark, antes de ser una serie de viajes en el tiempo, física cuántica o universos paralelos, es un drama humano; una historia con alta carga simbólica sobre el dolor, el deseo, el destino y la muerte. Es un ensayo visual sobre la condición de lo posible y lo imposible. Una historia que es a la vez brutalmente nihilista y al mismo tiempo esperanzadora. La serie se desarrolla siempre en una aparente dualidad, oscilando entre dos polos contrarios, tanto a nivel conceptual como dentro de su cambio dinámico entre profundidad narrativa y superficialidad discursiva. Al final, conforme su conclusión se vuelve más evidente, se nos muestra tal y como es: una aventura recursiva de la imaginación antes que un ensayo científico o filosófico sobre la condición del tiempo y el espacio.

La aparente complejidad de su trama se desvanece cuando la linealidad y simplicidad de su premisa se muestra al final de la tercera temporada; pero ahí donde se agota el misterio de su estética se consolida la solidez de su habilidad narrativa. La historia que cuenta es una reinterpretación del mito de Adán y Eva, quiénes son expulsados del paraíso de la no-existencia al comer del fruto prohibido del conocimiento. El pecado, sin embargo, no lo ejecuta ninguno de ellos sino un personaje mayormente secundario que sirve tanto como inspiración y origen de la ruptura espaciotemporal que quiebra un mundo en dos.

Así, en retrospectiva, las condiciones o elementos técnicos del entramado de mundos y tiempos distintos son solo un escenario para explorar temas clásicos del drama, la tragedia y lo que significa vivir y morir. En cierto momento el horror cósmico del eterno retorno Nietzscheano parece ser la premisa principal; y en ese ir y venir de un destino inevitable se dibujan dos impulsos encarnados en la antípoda de Adán y Eva. Por un lado, una atracción al vacío, a la nada, a la muerte, la estasis; por otro, la vida, la luz, la preservación y la condición vital. El sacrificio egoísta y la abnegación; la verdad y la mentira. Al final no queda nada más que un espejo, un reflejo de dos mundos falsos, erróneos e innecesarios.

Es claro que no hay un mensaje moralizante, pero si una ambigüedad constante que se consolida como parte esencial de la humanidad que refleja el origen del todo. En el centro de los tres mundos se centra la familia, los amigos y las complejas relaciones que de ahí surgen como nudos infinitos y siempre entrelazados. El motor de esta épica se origina en la banalidad de lo común, de una vida de conocer y desconocer a nuestros más allegados. Dramas cotidianos interrumpidos, potenciados y complejizados por la muerte, los accidentes, las infidelidades, las mentiras, lo deseos, el miedo y la angustia. En el centro, el dolor de la pérdida y los errores incorregibles. Tanto de lo que se tuvo en algún momento como de lo que no podrá ser obtenido jamás, tal como la fatídica relación entre Jonas y Martha o el destino compartido entre un mundo y el otro.

La escena final es un cierre contundente. Un mundo sin los excesos, sin el “cáncer” de una generación recursiva de personajes que formaron familias y lazos innecesarios. Ahí en ese grupo es en dónde Hanna tiene un Déjà vu sobre el fin del mundo. Un fin que comparte la misma condición existencial del principio. El paraíso eterno de la no-existencia. Pero la condición humana presupone una conciencia, un presenciar al gato de Schrödinger ya sea vivo o muerto. Existir es precisamente escapar de la eternidad. Así, con Jonas o Adán… ese primer hombre; así refiere este final como el principio de otro mundo, otro inicio, otro fin. De alguna manera, en algún lugar, en algún momento.

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