El último viento de verano

Volumen Cuatro

La Organización Mundial de la Salud ha estimado que para el 2030, el cambio climático será el responsable de 250 mil muertes al año. En el mismo estudio, la OMS detalla que en el 2016, 543 000 muertes de menores de 5 años fueron atribuibles a efectos conjuntos de la contaminación atmosférica ambiental y doméstica. Este es el planeta que han heredado de nosotros; es el viento que acaricia su rostro; la brisa de la playa es un salpicado de veneno: mundialmente, el 93% de la niñez se ve inmersa en entornos con niveles de contaminación del aire por encima de los niveles y directrices sugeridos por la OMS. De cada cuatro muertes de niños y niñas menores de 5 años, al menos más de una se relaciona con riesgos medio ambientales.

por Javier Talamás Weigend
5 Agosto 2019
Teimpo de lectura - 02 minutos 58 segundos
Fotografía S/D

El último viento de verano

1.

Soplar. Era lo que el viento hacía. O tal vez más. Porque se ha dicho que el viento danza y habla; que susurra y que alborota: agita los maizales; que a los árboles sacude; que se hiela cuando se convierte en vendaval de nieve; y que arde cuando es un torrente bochornoso de verano; la poesía dice que también peina al ondulado pelo de la muchacha enamorada; que en las plazas todo barre: arrastra la basura hacia su orilla y avienta a las gentes a su centro; que aúlla y que canta; que baja a maromas desde la montaña; que mece a las olas de los mares y que a las flores acaricia; en fin, todo esto se ha dicho del viento, porque todo esto lo ha hecho a bien: pero ahora el viento mata.

Soplar, y tal vez más, era en efecto lo que el viento hacía. Porque ahora, el viento solo mata. Por plomo perdió su ligereza. No es un viento, es un gas, lo que sopla de cualquier punto cardinal. ¿Qué herencia habrá por parte nuestra, si no este cielo negro y esta tierra seca?

Lo recordamos. El viento no era esta bruma. Esta niebla de gases. Recordamos cómo lo respirábamos: saboreábamos el aire en los pulmones. Entraba y se alojaba gustoso en ellos, como un inquilino eximido de alquiler. Atesoramos la melodía del árbol agitándose, como buscando rascarse la comezón que le producían los aires de la primavera, del verano, y no convulsionados por la maquinaria negra que lo arranca: «abran paso al progreso», gritó el capitalismo, «aquí donde hay madera y hoja, habrá muebles y papeles, ¡ya lo ha dicho el Mercado!», y sucumbió a los bosques a desgracia. Ah, qué sabrosa ha sido su venganza: doscientos años de capitalismo y ya nos mata a todos el Planeta Tierra.

2.

Si exagero el recurso literario es porque no me han dejado mucha opción. Y si el dinero exagera su poder, ¿por qué yo no puedo exagerar las metáforas que se mueven en papel? Nos está matando el viento comoquiera, mientras tú te burlas de este texto, y niegas los datos que tanto ruido hacen en la red. Pero no pares la risa: es el último gozo que nos queda sobre esta planetaria roca.

Vayamos seis años atrás. Algunos datos. Entro con cautela, desde luego, por qué, ¿será efectivo? El viento muerto te los estrella todo el día en la cara y no haces nada. ¿Lo harán los datos? En fin. 

México. 15 mil muertes por año atribuibles a la contaminación del aire ambiental. Quince mil muertes prematuras por partículas tóxicas que pululan en el aire y se alojan como navajas dentro de nuestros pulmones. Al 2013: segundo país de América Latina con el mayor número de muertes prematuras -de acuerdo a con la Organización Mundial de la Salud-; lo superaba únicamente Brasil, con 23 mil muertes.

La ciudad industrial del acero y las montañas -Monterrey-, tenía el índice de contaminación más alto de toda América Latina.  Su nivel de contaminación se origina principalmente por la alta concentración de material particulado (PM10) que provienen de los gases emitidos por los vehículos y la generación de energía. Su concentración de material particulado danzaba libre en los aires: 85.9 microgramos por metro cúbico. En Ciudad de México la acumulación de estas partículas contaminantes en la atmósfera era de 57.0 microgramos por metro cúbico, y en Guadalajara de 70.1. El nivel exigido por la Unión Europea y la OMS es de 40 y 20 microgramos por metro cúbico, respectivamente.1

La Organización Mundial de la Salud (“OMS”) ha estimado que para el 2030, el cambio climático será el responsable de 250 mil muertes al año.  En el mismo estudio, la OMS detalla que en el 2016, 543 000 muertes de menores de 5 años fueron atribuibles a efectos conjuntos de la contaminación atmosférica ambiental y doméstica. Este es el planeta que han heredado de nosotros; es el viento que acaricia su rostro uno muerto; la brisa de la playa es un salpicado de veneno: el 93% de la niñez se ve inmersa en entornos con niveles de contaminación del aire por encima de los niveles y directrices sugeridos por la OMS. De cada cuatro muertes de niños y niñas menores de 5 años, al menos más de una se relaciona con riesgos medio ambientales.

Del norte o del oeste; del este o del sur: ¿de dónde habrá de venir el último soplo del verano? Somos ahora una espiga de trigo: nos agita el viento y en cualquier momento nos terminará quebrando; arrancará a nosotros de la Tierra. 

No: la percepción de números no es claridad. Si algo nos da, son escalofríos, y solo a algunos. ¿Cuántas veces hemos estado frente al fin del mundo?, ¿cuántas amenazas ha resistido la Tierra?, La contaminación es otro invento más, o cuando menos, problema de alguien más, dirás tu, esceptico Lector. Pero como bien lo dijo Nicanor: Buenas Noticias: la tierra se recupera en un millón de años, somos nosotros los que desaparecemos”

El último viento es también una metáfora: parece ser que las ideas se las ha llevado el viento. O tal vez que van y vienen como un viento. Sopla ahora un viento conservador, de resistencia al cambio, la ultraderecha en el espectro político, ¿qué resistimos? ¿qué nos duele? 

3.

De este viento que Vocanova sopla, llegan otros aires de renovación. Buscamos cuestionar el cambio climático como fenómeno cultural, más enraizado que los árboles al suelo. 

Mafer Rodríguez se cuestiona qué relación hay entre el capitalismo, el patriarcado y la crisis ambiental, para darnos claridad sobre las preguntas qué no se han hecho al respecto; Jesús Guerra, a partir del ejemplo de su ciudad natal -Monterrey-, se cuestiona si nuestra ética ambiental es suficiente, a partir del mito fundacional de las tierras regias: la domesticación de la naturaleza para un provecho económico; José Acevedo y Marcelo Galán recurren al cine: en busca de soluciones, varias personas han recurrido al documental ambiental para luchar por su causa, ¿es suficiente?, ¿cómo puede el cine advertirnos de estas catástrofes? ¿cómo lo han señalado?; en poesía, Francisco Aguilar arroja un espejo sobre nuestro comportamiento con ciertos animales de granjas y nos devela una realidad sombría, mientras que Isabel Papacostas nos vuelve un transeúnte contemplativo ante el ritmo de la cotidianidad: esa contemplación que vivimos gracias a la naturaleza; publicamos también algunos poemas de Priscila Palomares (Ecografías, 2019); Mishelle Muñoz nos ayuda a entender el contexto de una política pública en materia ecológica, y hasta conversamos sobre esos vientos viejos de la literatura -los clásicos-, en un texto de Dina B. Tunesi.

Soplemos juntos, que este puede ser el último viento de verano.

****

[1] Animal Político, México, 2º país de AL con más muertes por contaminación, por Manu Ureste, 2013.

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