Era del Pulgar

Con este ensayo que juega entre la prosa poética y la crítica, nuestro Director General introduce los rasgos que definen al hombre y a la mujer de la modernidad. Atrapados en la hiperconectividad, ¿a dónde migrará la conciencia? Estamos en todas partes y en ninguna. Ya no habitamos ni siquiera nuestros cuerpos. En este Volumen Uno, acompañados del arte y letras, las voces de nuestras autoras y autores reflexionan nuestra calidad cibernética, para recuperarnos nuevamente; para recuperar las artes y la crítica social. Bienvenidos todos a la #EraDelPulgar.

por Javier Talamás Weigend
3 Diciembre 2018
Teimpo de lectura -
Fotografía por: Luis Othón para Vocanova.

I.  Antielegía del Pulgar 

Pulgar, pulgar. Ícono y símbolo de nuestra evolución. ¿Que no han hecho tú y tu gracia del movimiento circular? Las lóbregas cuevas con rupestres garabatos las pintaste, y el calor del fuego y su llama altiva en la antorcha atrapaste; del fruto dulce tomaste las semillas y altos cultivos de flores, de frutas y de hierbas recibiste de la tierra; con el bronce herramientas produjiste y forjaste armas de hierro y de bien pulida piedra; en los coliseos de Roma boca arriba varias vidas perdonaste y a otras pobres almas, cabizbajo, condenaste. Pulgar, pulgar: el agua helada de Pilato por tu espalda fue a rodar y Cristo en la madera, muerto fue a clavar; a la pólvora y al trueno nos permites disparar: cuántas guerras más no habrás ya de librar. Pulgar, pulgar: eres el quinto; hecho puño al prójimo nos dejas atacar y hecho espejo de otra mano al Creador nos permites invocar; cinco dedos son contigo, y con cinco dedos a las letras reescribimos. Pulgar, pulgar: eres el individuo —diría Nicanor—, mas nada se compara con la gracia que concedes cuando al smartphone permites presionar: ¡bienvenida sea tu nueva y gran moderna era!

II. Anatomía del Pulgar 

Antes el pulgar para leer y construir; ahora, para depensar y destruir. Nuestra era es la del dedo y la del clic: pulgar y un desliz para pasear entre tantos videos de perros y de gatos; pulgar y presión para apretar a narciso y su ego en las fotografías de las redes; pulgar suspendido en el aire para escuchar y ver al influencer favorito; pulgar que aprieta la mente y que vuelve difícil el pensar. Y sí: la buena feria se hace de la diversidad, pero ¿a costa de qué? En esta nueva era, ¿qué nos definirá? 

¿La hiperconectividad? Sin duda. ¿El narcisismo? Desde luego: en todo su esplendor. ¿La ansiedad? Presente en cada célula. ¿Posverdad? Otra anfitriona más. Cuente con los dedos, y sume su Pulgar: cinco rasgos que definen esta era digital.

Lugares públicos han quedado atrás en la Era del Pulgar. La convivencia se encierra en el círculo verde del Whatsapp. Memes, notas, oraciones, plegarias, fotografías, chismes, noticias, fiestas, pornografía, rompimientos, alzadas y cruzadas: el Whatsapp es nuestra catedral, el quiosco y la plaza pública de la ciudad. 

El Twitter —jinete de la hiperconectividad— es una cámara de gas que nos sofoca la diversidad; en sus paredes solo el eco de la propia voz: eco que reafirma nuestros sesgos; eco que nos hace, por momentos, expertos en todo tema. Por su parte, Instagram —espejo de Narciso— nos atrapa en su reflejo: la mitad de nuestros días ocurre al calor del sol, y la otra, al calor del like (revise usted, lector, si durante estas letras alguien bondadoso un corazón con su Pulgar le regaló; luego vuelva a revisar; de nuevo en diez minutos; y otra vez, y otra vez…). 

Antes vivíamos aislados en nuestro mundo. Ahora nos enteramos de tantas otras maneras de vivir que siempre nos parece llana y chata nuestra propia existencia. Nuestro reflejo es víctima y victimario del pulgar. 

Facebook —vendaval que sopla posverdad— se encarga de la difusión de realidades tan alternativas como solo Tolkien las pudiera imaginar. ¿Estamos seguros de que nos pertenecemos? ¿O somos ya de alguien más…o del Pulgar?

III. La máscara del otro.

Máscara o rostro: ¿cuándo lucimos una y cuando el otro? Apenas se mueven, medio muertos quizá, los pies de nuestra cama, y nos aceleramos a por el disfraz. Apretamos la corbata, la camisa, el brasier, el pantalón; y por supuesto, el reloj (al tiempo siempre hay que atrapar). Quizá hasta nos fijemos irónicamente, como Galeano, que «siempre tenemos relojes, pero nunca, nunca, tenemos tiempo». Así, cuando despierta nuestro día cualquiera, el espejo a veces nos avienta y nos regresa ajenos, desconocidos. Tal vez algún color en la ropa; tal vez algún accesorio; el tuit del día anterior, o la foto en Instagram que no ha tenido de visita al Pulgar; sea como fuere, siempre hay un sentir que nos inunda a torrentes cuando nos observamos en la red. ¿Cuántas personas somos hoy? 

«Estamos seguros del hombre. ¿Es el hombre un hombre o varios hombres? Dos por lo menos: uno que va, otro que viene. Casi siempre, dos que se acompañan. Mientras uno vive, otro lo contempla vivir. ¡Extraño engendro polar!» Es esta la Paradoja del hombre* alfonsina, que, en la Era del Pulgar, ha de ser una contemplación amorfa de multitudes: ya no somos uno, siquiera dos: cuando menos, tres, si agregamos a ese otro hombre de la red. 

Lo vemos en el feed de Twitter; de Instagram; de Facebook: somos un personaje cibernético que hemos inventado, ¿o el personaje nos inventa ya a nosotros? Las redes son mascaras del otro personaje que intentamos proyectar. El otro ahí está: las fotos, sus huellas; los tuits, sus ecos; los likes, su orgullo. Deambula el cuerpo desde que se levanta en su cama, y en la mente roen multitudes su cabeza: qué subir; qué tuitear; qué opinar; qué editar; cómo ver; cómo vernos; cuántos seguidores; cuántos likes, cuántas máscaras. 

IV. El lince y la flor

En la Era del Pulgar, nuestros dedos son linces que se abalanzan sobre el teclado para rápido entablar una sensación de conexión. ¿Qué buscamos recuperar? ¿Sería exagerado afirmar que buscamos recuperarnos? El Pulgar todo lo controla, inclusive al lenguaje y a la voz. Fíjese, lector (no sin antes revisar Facebook o Instagram), como nuestras conversaciones ahora son más bien viñetas de un cómic: fraccionamos el lenguaje. Habla escrita, habla en audios, cero palabras de la boca: todo del pulgar proviene. Stickers, .gifs, emojis: nada de contacto humano. Todo a través de las redes sociales. 

Para cada sombra hay una luz que la proyecta: si en la Era del Pulgar suena que todo podría estar perdido, es porque todo es rescatable. El pulgar cierra el puño…pero a la flor también recoge. 

Lector: hartas reflexiones, críticas, reseñas —arte en fin—, dentro del Volumen Uno, podrá usted encontrar; con la ayuda claro, de su lince, el Pulgar. Sírvase pues, que mucha crítica, en esta era, no la hay.

 

 

 

 

*Alfonso Reyes, “Aristarco o anatomía de la crítica”, Fondo de Cultura Económica, México, 2005.

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