Es ahora: de las ‘pequeñas’ acciones a los cambios radicales

Volumen Cuatro

¿Qué relación hay entre el capitalismo, el patriarcado y la crisis ambiental? El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU nos ha advertido sobre el daño inminente que le depara al planeta si no cambiamos nuestras costumbres; ¿qué sigue? Mafer Rodríguez lo explora.

por Mafer Rodríguez
5 Agosto 2019
Teimpo de lectura - 02 minutos 10 segundos
Fotografía S/D

Es ahora: de las ‘pequeñas’ acciones a los cambios radicales

 

En ciertos contextos –por ejemplo, cuando se habla de pobreza desde una visión de izquierda– se acusa al sistema capitalista y las consecuencias del modelo neoliberal. Tal y como las feministas hemos señalado los efectos del patriarcado en las personas –sobre todo en las mujeres–, es necesario profundizar (sí, más) en los efectos del capitalismo (patriarcal) como productor de desigualdad. Porque es el capitalismo (y no la corrupción como algunos quieren decir) quien ha creado la brecha desigual entre ricos y pobres; y también es el capitalismo el responsable de la crisis ambiental (aunque Trump y seguidores nieguen su existencia). No sorprende que esto no se haya discutido como debiese: es el propio sistema el encargado de borrar la discusión.

El patriarcado es un sistema que produce y reproduce desigualdad entre hombres y mujeres. Esta desigualdad a su vez genera violencia contra aquellas consideradas como inferiores. Y cual moneda, a su opuesta cara tenemos al capitalismo: sistema que produce y reproduce desigualdad entre dos grupos: los que tienen el capital o riqueza (a costa de los otros) y aquellos que lo generan (sin ver sus beneficios). Ambos se han consolidado como un complejo y entramado sistema que ha generado dos grandes clases: los opresores y los oprimidos.

De ninguna manera quiero decir que en estas clases las diferencias sexo-genéricas se desdibujan o diluyen. Al contrario, es necesario mirar cómo la clase, el género y otras características/identidades sostienen múltiples y simultáneas expresiones de desigualdad; situando a las personas en diferentes posiciones (opresión-dominación) dependiendo el contexto. Es decir, este análisis hay que hacerlo desde una perspectiva interseccional.

Pero… ¿habrá alguna relación entre el capitalismo / patriarcado y la crisis ambiental?

Hace un par de semanas, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU –mejor conocido como IPCC– lanzó lo que podría considerarse «el último llamado» a la humanidad. Este grupo de especialistas llegó a un consenso: si no actuamos para cambiar y frenar el daño que le hemos hecho a nuestro planeta, la Tierra cambiará para siempre en 2050. Es decir, tenemos prácticamente 30 años (mi edad) para tomar aún más conciencia del daño que hemos contribuido a generar y, sobre todo, en cómo podemos revertirlo.

 

Algunos datos para contextualizar, o más bien, dimensionar lo que estamos hablando. Según la ONU, en América Latina y el Caribe, cada persona genera un kilo de basura al día, lo que da un total diario de más de 540 mil toneladas de residuos en la región. Un millón de botellas de plástico se compran cada minuto en el mundo. 13 millones de toneladas de plástico terminan en los océanos cada año. Si retomo la primera de estas estimaciones, puedo avergonzarme y decir que a lo largo de mi vida he producido casi once mil kilos de basura ¡once mil!

Pese a estos datos y que 33% de las muertes de niñas/os menores de cinco años están relacionadas con causas ambientales; que 1.5 billones de árboles son talados cada año o que 2,700 millones de personas viven en zonas con escasez severa de agua, aún hay quienes –desde la ignorancia o el egoísmo– nos hemos negado a ver la magnitud del problema y, en consecuencia, a tomar las medidas necesarias para enfrentarlo.

... es necesario que “los de arriba” –empresarios y gobernantes– dejen de alimentar el sistema y, en consecuencia, dejen de destruir el único hogar que tenemos.

Es muy probable que tanto tú que lees estas líneas o la gente más cercana a ti, haya comenzado a hacer pequeñas, pero sustantivas diferencias: no usar popote o bolsas de plástico, disminuir al mínimo o dejar de consumir carne, no desperdiciar agua, darles un segundo o tercer uso a las cosas, no usar tanto el automóvil o separar la basura. Si bien todas ellas son más que importantes, es necesario que “los de arriba” –empresarios y gobernantes– dejen de alimentar el sistema y, en consecuencia, dejen de destruir el único hogar que tenemos.

Para ilustrar, un ejemplo cercano: el mes pasado, Grupo México derramó tres mil litros de ácido sulfúrico en el Mar de Cortés, hecho que se suma a los más de veinte ‘accidentes’ que han provocado durante dos décadas, sin prácticamente consecuencia alguna. Ante ello, es urgente que las autoridades dejen de ser cómplices –como históricamente han sido–, sancionen a los responsables de este tipo de daños al medio ambiente y que como ciudadanía dejemos de consumir aquellos productos y servicios que emanan de este tipo de prácticas. Solo así (pegando en el bolsillo) es que se puede comenzar a transitar hacia otra realidad, una comprometida y consciente de los posibles efectos en la Tierra y en todas las especies que habitamos en ella.

Así como las feministas nos rebelamos ante el sistema patriarcal o como sociedad reprobamos la violencia contra las mujeres, la discriminación o los crímenes de odio y exigimos la actuación inmediata de los gobiernos, es momento de hacerlo para transformar radicalmente el sistema –y todas sus aristas–. Sobre todo, exigir, comprometer y trabajar de la mano de los gobiernos identificados como de izquierda. Si un gobierno que se dice serlo no tiene en su agenda trabajar para poner fin al sistema capitalista y patriarcal, entonces –de ninguna manera– puede presentarse como tal. Lo demás es pura demagogia.

Si no hacemos algo ahora, el tiempo se agota y la vida en la Tierra, también.

 

Más allá del #MeToo

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