Impresionismo en una ciudad gris

Volumen Siete

Pensar en la ciudad es algo que ha cambiado con los años. A finales de 1800 cuando Monet, Renoir, Degas y demás montaron una exposición independiente tras haber sido rechazados por el Salón de París, la representación de la vida moderna y de la ciudad eran temas revolucionarios en la pintura. En México la metrópolis se transformó en un monstruo; una necrópolis en la que nadie vive seguro. ¿Qué pudiera pensarse de las ciudades mexicanas hoy si los impresionistas fueran a plasmarlas?

por Andrea Zúñiga Vázquez
2 Marzo 2020
Teimpo de lectura - 02 minutos 38 segundos
Fotografía por: Claude Monet

Impresionismo en una ciudad gris

Hace más de 100 años, varios pintores salieron de sus casas, vieron al horizonte y plasmaron el momento en un lienzo. La imagen fue fugaz, pero estos artistas quisieron capturar esa impresión exacta, aunque fuera de una manera que los críticos de arte considerarían absurda. En un principio, estas pinturas se consideraron inacabadas y se les criticaba por su falta de realismo. Hace 100 años los impresionistas se sintieron deslumbrados por momentos de fugacidad en la ciudad y en el campo. La luz cubrió sus cuadros y los colores vivos se hicieron protagonistas. El paisaje rural o la ciudad nueva y brillante fueron los temas principales de sus obras.

Pensar en la ciudad es algo que ha cambiado con los años. A finales de 1800 cuando Monet, Renoir, Degas y demás montaron una exposición independiente tras haber sido rechazados por el Salón de París, la representación de la vida moderna y de la ciudad eran temas revolucionarios en la pintura. El Salón de París era la exposición oficial organizada por la Academia de Bellas Artes de la ciudad. París fue una de las ciudades más importantes de Europa durante los siglos XVIII y XIX. Bajo el reinado de Napoleón III, se renovó completamente la ciudad, agregando parques y nuevos edificios. Además de ser una de las ciudades más modernas durante ese tiempo, Paris era la capital del arte. En el Salón se exhibían principalmente pinturas realista y aquellas que reflejaban momentos históricos o historias mitológicas.  La pintura impresionista se caracteriza por brochazos cortos y rápidos en los que se busca crear una representación rápida del momento. Una persona posando en una ventana, un grupo de personas en un parque, una familia caminando por la playa; momentos que podrían parecer mundanos pero mostraban una sociedad cambiante. Durante ese momento, vivir en la ciudad o poder tomarse un fin de semana en la playa eran cosas completamente nuevas.

Los impresionistas veían el arte de una manera distinta: les interesaba plasmar instantes y escenas del día a día. Estaban en contra de los sistemas establecidos para la difusión del arte que se limitaban a presentar obras clásicas y con temas tradicionales como religiosos o mitológicos. En Francia, la única forma de ser un artista era a través del Salón de París. Los cuadros que se presentaban ahí eran normalmente de recien graduados de la Escuela de Bellas Artes y un grupo de jueces definían cuál era el arte que merecía ser visto por el público. Con los impresionistas comienzan las vanguardias: una nueva forma de ver y hacer arte. La vida estaba cambiando, las ciudades crecían y se convertían lentamente en metrópolis. Las diversas representaciones artísticas dejaron en evidencia cómo la vida de las personas se centraba más y más en la movilidad y en la convivencia que creaban los bulevares y nuevos parques públicos.

¿Se puede ver a la ciudad moderna como la vieron los impresionistas en siglos pasados? Lo dudo. Hoy, por más que alguien quisiera ser un pintor impresionista y plasmar la ciudad, solo le saldrían unas cuantas líneas grises y un sol cubierto con bruma; un resplandor color naranja oscuro. La metrópolis se transformó de ser un lugar de encuentro y convivencia a un caos de contaminación; su pulso es una vida en la que nadie se detiene a mirar. La rapidez en la que vivimos hoy ha hecho imposible el poder tomarnos momentos para apreciar la ciudad. Algunos de estos momentos de contemplación ahora se viven en el tráfico, o detrás de un celular, cuando tomamos la foto del atardecer para el Instagram story. 

En México la metrópolis se transformó en un monstruo; una necrópolis en la que nadie vive seguro. Qué esperanza que pudiéramos pintar bailarinas despreocupadas como Degas o paisajes llenos de color como los de Monet y no cuerpos tirados en las banquetas junto a manchas de sangre en las calles.

¿Qué pasa cuando la novedad de la ciudad queda muy en el pasado? ¿Cuando los escapes de la ciudad son cada vez menos?, ¿cuando la imagen de la ciudad es una de tragedia inminente? Pensar como pensaban los impresionistas sería aplicar una mirada de espectador a la ciudad que se desmorona día con día; sería un escape: ver desde fuera y poder tomarse más de un instante para ver el panorama. Dejarse deslumbrar. 

Los impresionistas pintaban un mundo previo a las guerras mundiales y previo a los sucesos traumáticos que han transformado una y mil metrópolis. Ver un cuadro impresionista es ver una ciudad utópica, una convivencia social inaudita, un movimiento hacia el progreso. Hoy, el impresionismo colorido y vivaz vive en un celular, hasta que es hora de regresar a la realidad. Regresar a la ciudad de los impresionistas implica dejarnos deslumbrar de nuevo. En un mundo que constantemente nos parece cada vez más triste y apagado, deberíamos intentar recobrar la luz de los cuadros de Monet y Renoir, aunque sea por tan solo un instante.

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