Ingenieros Macho Alfa

Volumen Once

En el imaginario social del mexicano la ingeniería es una carrera de hombres (sensatos además diría el profesor chiflado). Lo que engloba ese título portado por tantos es una especie de orgullo masculino en esencia pura. Una medalla de macho en torno al cual gran porcentaje de la población varonil se identifica y desde donde se construye su identidad. Para Federico Compeán, hay una necesidad de romper con esto.

por Federico I. Compeán Revuelta
2 Noviembre 2020
Fotografía por: VOCANOVA

Ingenieros Macho Alfa

1.

De las múltiples controversias que las redes sociales generan diario, la que más recientemente llamó mi atención fue la del profesor de FIME, César Leal. El catedrático fue cesado de su cargo después de que se viralizara un fragmento de sus clases en línea en dónde se dirigía de forma arrogante e irrespetuosa a uno de sus alumnos. «La ingeniería no es para chiflados, es para gente sensata», indicaba después de decirle «pinche burro» a uno de sus estudiantes. Sería interesante entender su definición de sensatez. 

Hay poco que decir de este tema que no se haya dicho ya; y aunque no tengo el dato en la mano creo que buena parte de los opinionologos de Twitter y Facebook concuerdan en que no había mucho que defender respecto al reprobable comportamiento del docente. Sin embargo, otros tantos aprovecharon la nota para recordarnos a todos que las «nuevas» generaciones de cristal son un montón de niños «mazapán», haciendo una analogía simplona que intenta relacionar el carácter quebradizo y frágil del popular dulce con el carácter general de una generación vagamente definida.

Llama la atención pensar que el abuso percibido debe ser casi agradecido como una especie de preparación para el «mundo real»; término que con la virtualidad desbordada de nuestro entorno contemporáneo resulta bastante confuso. No creo que esté a debate que generaciones como la mía y anteriores tuvimos que sufrir maestros intransigentes desde la primaria hasta la carrera y más allá. Personas incompetentes, arrogantes y con severos complejos de inferioridad, los cuales se potencializaban con la menor carga de poder que su rol como docentes les daba. Si nos vamos más atrás incluso, la violencia física era parte estándar del proceso pedagógico y, sin mucha sorpresa, todavía habrá gente que defienda esa práctica tan estúpida.

Ahora bien, la tendencia y afinidad que tenemos hacia la agresión autoritaria, la represión y la violencia en sus distintas formas es un elemento bastante estudiado. Desde la concepción edipal freudiana hasta la identificación ideológica de pensar en las mismas categorías de las clases dominantes que apunta Bourdieu o Gramsci en sus concepciones de hegemonía. Ya decía Spinoza que luchamos por nuestra servidumbre como si se tratase de nuestra salvación. A pesar de lo anterior, me parece entonces pertinente hacer también un análisis de género. 

Los que salieron tibios a la defensa del profesor indicaban que su único pecado era haber agredido a un muchacho con Asperger. Es decir, el abuso y maltrato es justificado para todo menos quiénes tengan una condición especial. Algunos, por ejemplo, consideran el ser mujer una de esas condiciones «especiales». No hubiera sorprendido que la reacción hubiera sido muy distinta si el alumno agredido hubiera sido una alumna o, incluso, si el profesor hubiera sido mujer. Esto es de esperarse por la misma condición de género que aún nos dispone reacciones y roles distintos dependiendo de si tenemos pene o vagina —además de la siempre presente obsesión de definirnos en torno a esa única característica biológica.

Uno de esos roles distintos es lo que significa ser ingeniero en sí. Es decir, en el imaginario social del mexicano la ingeniería es una carrera de hombres (sensatos además diría el profesor chiflado). Lo que engloba ese título portado por tantos es una especie de orgullo masculino en esencia pura. Una medalla de macho. 

Cuando terminé mi ingeniería —mecatrónica por si alguien le interesa el dato— no sentí más que la satisfacción de haber terminado un pendiente. Marqué una casilla más en la vida estándar del mexicano promedio y se acabó. Pero para muchos ingenieros (o aspirantes a serlo) el título carga simbólicamente con toda una construcción de superioridad bastante profunda. Es una especie de certificado de macho alfa. 

Al ingeniero le encanta presumir de la dificultad de sus materias, de su capacidad para ingerir alcohol y, sobre todo, de la buena resistencia que tiene a soportar abusos, ofensas y jornadas laborales de explotación sin llorar. Porque al final un macho alfa se pone la camiseta y saca la chamba. Y aunque la noción del alfa implica una posición de poder que el ingeniero promedio mexicano de clase media o inferior no tiene, nuestra capacidad de tomar estas situaciones de precariedad y abuso como un premio a nuestra gallardía intelectual nos permiten a su vez justificar los abusos que nosotros perpetuamos en nuestros colaboradores, parejas y amigos. Y si no aguantan nuestras bromas misóginas, nuestros arranques violentos o nuestra simple actitud malacopa de alcohólicos funcionales es porque son una bola de mazapanes. Al final así de jodido es el «mundo real» ¿o no?

Muchas colegas ingenieras son prontas en subirse a ese mismo imaginario machín y sentirse mejor identificadas como parte del grupo de machos antes que como esas flores delicadas que estudiaron administración o alguna licenciatura menor. Resulta entonces muy relevante no solo el examinar nuestra reacción ante casos como los del profesor de FIME en virtud de nuestros roles asumidos como ingenieros, sino entender y aproximar de forma crítica cuáles son las conductas y comportamientos que como Ingenieros Macho Alfa Lomo Plateado pretendemos perpetuar.

La ingeniería como tal es una identidad más, una que se forma en comunidad y en relación con la concepción social presente del rol percibido que desempeñamos. César Leal, por ejemplo, considera que las artes si pudieran ser para chiflados, pero nunca la ingeniería. ¿Por qué los ingenieros minimizamos las artes? ¿Por qué nos da tanto miedo leer un libro y apreciar una actividad cultural? La relación estereotípica no es unilateral tampoco, pues también los abogados, letrólogos o licenciados en filosofía perpetúan la misma construcción del ingeniero ignorante —y buena dosis de machitos también pululan las facultades de humanidades— sin embargo, la condición directa de masculinidad es mucho más obvia en las ciencias duras.

2.

En el estudio «La Personalidad Autoritaria», realizado en los 50 por Adorno, Frenkel-Brunswik, Daniel Levinson y Nevitt Sanford, se aborda, desde el lente sociológico, una serie de características compartidas por las cuales alguien pudiera definirse como afín al fascismo: no alguien abiertamente fascista, sino una persona que, en un entorno fascista como lo fue la Alemania Nazi antes de la Segunda Guerra Mundial, pudiera sin problema adaptarse y permitir que dicho arreglo operara sin mayores objeciones. 

Estas características eran sumisión hacia la autoridad, agresión autoritaria, animosidad hacia las condiciones subjetivas, pensamiento en categorías rígidas, una noción muy clara de que el mundo se ordena entre débiles contra fuertes, convencionalismo, tendencia a proyectar sus impulsos emocionales, cinismo sobre la condición humana y una preocupación exagerada por la sexualidad de los demás.

No sorprende que este conjunto de elementos de personalidad parezca una descripción del ingeniero promedio; en dónde varios caen más cerca de la media conforme avanza la edad. Lo anterior no es una simple curiosidad intelectual; sino que nos indica que los valores del Ing. Macho muchas veces están alineados con lo que pudiéramos llamar, una apertura poco crítica a la condición fascista o autoritaria. 

Y aunque muchos me tacharan de exagerado al interpretar que lo que aquí sugiero es que nuestras facultades de ingeniería son fábricas de Hitlers en potencia, el apunte preciso es que la condición machista del constructo ingenieril si tiene relación con una colectividad bastante indeseable. Es claro que muchos de nosotros que aún ejercemos esta bella y cuadrada profesión no tenemos la menor afinidad a un régimen autoritario, pero al perpetuar estas nociones de ingenierito macho, consciente o inconscientemente estamos fomentamos un suelo fértil para ello. Y si el día de hoy eso nos hace tolerar al profesor chiflado que frustrado por sus 40 años de carrera solo le queda asumirse como alfa insultando a alumnos que no pueden responderle, mañana muy probablemente le demos carta en blanco también al siguiente político con complejo de inferioridad del estilo Trump-Bolsonaro-Duterte que nos pongan enfrente.

Rompamos pues, no la identidad del ingeniero macho, sino con la necesidad misma de identificarnos de forma burda mediante la cada vez más evidente irrelevancia de nuestra formación académica. Si es necesario reconstruyamos entonces una noción distinta de la ingeniería que apele más a su condición de ingenuidad, rigor, solución de problemas y pasión por el potencial técnico de un futuro que hemos perdido; antes que a su condición básica de hombría anticuada.

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