La región menos transparente

Volumen Cuatro

En su Visión de Anáhuac Alfonso Reyes se imagina el antiguo Valle de México, aquel donde yacía la gran Tenochtitlan y que los conquistadores y exploradores europeos describieron con estupendo asombro. Es por eso que, si Reyes fuera hoy a describir su valle natal, el de Monterrey, no pudiera hablar de la «extrema nitidez» de nuestra atmósfera, sino más bien de la polvareda que él llamaba «los mantos de sepia». Ahora que se avecinan los 500 años del paso de Hernán Cortés por los volcanes del valle de México, vale la pena analizar cómo es que el entorno natural, como nuestra manera de pensar y relacionarnos con él, ha cambiado desde entonces.

por Jesús Guerra
5 Agosto 2019
Teimpo de lectura - 02 minutos 45 segundos
Fotografía por: Jorge Balleza

La región menos transparente

Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común. 

1. 

En su Visión de Anáhuac Alfonso Reyes se imagina el antiguo Valle de México, aquel donde yacía la gran Tenochtitlan y que los conquistadores y exploradores europeos describieron con estupendo asombro. Reyes, parafraseando a Alexander von Humboldt, celebra el valle como «la región más transparente del aire». Sin embargo, también lamenta como:

«...a través de los siglos, el hombre conseguirá desecar sus aguas, trabajando como castor; y los colonos devastarán los bosques que rodean la morada humana, devolviendo al valle su carácter propio y terrible»

Si esta historia suena familiar, no es de extrañar. La colonización e industrialización occidentales trajeron consigo una nueva relación del ser humano con su medio ambiente cuyas consecuencias locales y globales estamos sufriendo hoy; en México y en el resto del mundo. Es por eso que, si Reyes fuera hoy a describir su valle natal, el de Monterrey, no pudiera hablar de la «extrema nitidez» de nuestra atmósfera, sino más bien de la polvareda que él llamaba «los mantos de sepia».

Ahora que se avecinan los 500 años del paso de Hernán Cortés por los volcanes del valle de México, vale la pena analizar cómo es que tanto nuestro entorno natural, como nuestra manera de pensar y relacionarnos con él ha cambiado desde entonces.

2.

La conquista europea trajo con sí una manera de ver el mundo y sus alrededores que ha sido difícil de desechar. La lógica de la conquista ve a la tierra y sus habitantes como recursos de los cuales hay que sacar provecho, ya sean minerales, vegetales o animales. Al hacer énfasis en el aprovechamiento de la tierra, esta visión ignora el mantenimiento y cuidado de ella. Es por esto que Aldo Leopold —escritor y ecologista norteamericano—, dice que la historia humana ha probado que el papel de conquistador es autodestructivo, ya que este, creyendo saber cómo funciona la comunidad que conquista, acaba administrándola mal y destruyendo el balance que ahí existía.

Leopold argumentaba en 1949 que a la sociedad occidental le había hecho falta crear una ética respecto al medio ambiente. Él define una ética como un guía que nos ayuda a determinar nuestro curso de acción en situaciones complejas para las cuales los instintos no son suficientes. Es decir, normas para vivir en sociedad. El mundo occidental ya había adoptado varias normas rigiendo las interacciones entre individuos (no matarás), así como la del individuo en sociedad (no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti), pero, a pesar de haber ampliado éstas, todavía faltaba crear una ética que lidiara con el medio ambiente, a lo que Leopold llamaba la tierra —el conjunto de suelos, aguas, plantas y animales—.

A pesar de que admite que no podría prevenir la alteración de estos “recursos”, Leopold argumenta que una ética respecto al medio ambiente sí afirmaría su derecho a continuar existiendo en su estado natural. Esta «ética del medio ambiente» cambiaría nuestra relación con el medio ambiente: de conquistadores a ciudadanos de él; implicaría una responsabilidad individual por no destruirla. En términos prácticos esto significaría dejar atrás justificaciones de aprovechamiento económico; justificaciones que tienden a despreciar elementos de la comunidad natural que carecen de valor comercial.

3.

En Monterrey el peso de la historia ha podido más que el de la ética. Fundada después de la caída de Tenochtitlan, nuestro mito fundacional es el de la domesticación del desierto —sacarle provecho, a través del trabajo duro y la industria—, a una tierra sin mucho provecho. No es una sorpresa entonces que cuando nos topamos con un espacio aún sin comercializar, como lo es el Río Santa Catarina, nuestro primer instinto no es conservarlo, sino sacarle el mayor provecho económico posible. Por ello las zonas que sí se han conservado son aquellas que carecen de un obvio valor económico, como algunas de las grandes montañas (si ignoramos la explotación del cerro de las Mitras, y las extracciones ilegales de piedra de la Huasteca); y se conservan a medias: también se les ha intentado sacar provecho económico, si no explotación directa, sí indirecta, como el escape al mundo natural que ofrece, por una pequeña cuota, Chipinque. 

Chipinque, en la Sierra Madre Oriental. [Fotografía cortesía de Brands&People]

Estas zonas se han convertido en refugios silvestres en donde creemos que la naturaleza permanece en un estado virgen, sin la intervención y corrupción del hombre. El problema con esta dicotomía natural-artificial es que no sólo es falsa sino dañina. William Cronon explica cómo la idea de lo silvestre o salvaje como un fenómeno ajeno al ser humano y por ende digno de preservarse es una idea bastante moderna.  No fue sino hasta después de su guerra civil que algunos norteamericanos adinerados empezaron a intentar recrear la tierra salvaje que pensaron haber perdido al conquistar el continente. También explica cómo hoy en día, el celebrar lo silvestre continúa siendo una actividad muchas veces reservada para gente adinerada de la ciudad. Aquellos que viven del campo no verían tierra sin labrar como un ideal a seguir. En cambio, son los turistas, y deportistas urbanos, los que están suficientemente desconectados de la cadena de producción alimenticia como para romantizar lo silvestre.

Tampoco hay que olvidar que estas tierras han sido habitadas por miles de años y el que nosotros pensemos en ellas como vírgenes se debe a la profunda amnesia colectiva que sufre el noreste de México cuando se trata de los habitantes originales de la región, desplazados por el crecimiento de, primero, la Nueva España, y después, el estado mexicano.

Además de ser falsa (la idea de lo silvestre como ajeno a lo humano), nos permite olvidar nuestra responsabilidad hacia nuestro ambiente inmediato, donde vivimos, al conservar en vez un ambiente lejano e idealizado. La solución, de acuerdo a Cronon, es aceptar todos los ambientes, desde la montaña hasta el campo y la ciudad, como espacios en donde lo salvaje puede y debe florecer; y responsabilizarnos para que así suceda. Tenemos que darnos cuenta de que en realidad el árbol en nuestro jardín no es menos otro, menos merecedor de nuestro asombro y respeto, que el árbol en el bosque antiguo que nunca ha conocido un hacha o sierra —a pesar de que el árbol en el bosque refleje una red más intrincada de relaciones ecológicas—.

A veces se aprende a golpes. Ese ha sido el caso con la vida urbana en nuestra metrópolis. La lógica occidental de relacionarse con el medio ambiente ha creado una crisis global y local que tiene graves consecuencias en nuestro bienestar y el de todos los otros seres vivos con los que compartimos este espacio. Conforme la ciudad sigue creciendo la seriedad de estos seguirá creciendo también. 

Desde diferentes trincheras, regiomontanas y regiomontanos comprometidos con su ciudad han exigido reformar nuestra vida urbana. La ciudadanía, desprovista de soluciones sostenibles, hambrienta por una mejor relación con su medio ambiente, clama un cambio verdadero. Para eso necesitamos repensar nuestra relación con el espacio que ocupamos, reconocer nuestra posición como miembros del mundo natural y no sus dueños, dejar de enfocarnos en solamente conservar pequeñas islas de espacios naturales en la ciudad y dejar de pensar en el uso de la tierra y el medio ambiente como un asunto económico, sino como uno ético, en donde nuestra prioridad sea la convivencia responsable con la comunidad natural en la que vivimos: el mantenimiento de su diversidad, belleza y estabilidad.

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