Los holgazanes del arte

Volumen Cinco

¿Nos hemos vuelto holgazanes o la cultura se ha vuelto vacua?

por Javier Talamás Weigend
11 Noviembre 2019
Teimpo de lectura - 03 minutos 45 segundos
Fotografía por: Dustin Yellin

Los holgazanes del arte

«Y no veo razón alguna por la cual la decadencia de la cultura no pueda continuar y no podamos anticipar un tiempo, de alguna duración, del que se pueda decir que carece de cultura»

—T.S. Eliot

1.

Hay veces que la hoja en blanco da miedo. Unas, por flojera, por pensar qué tanto debemos decir, o valga, pensar; y otras porque hace creer a uno que no es merecedor, que no se es digno de pasar la pluma entre el renglón como lo hacían —y hacen— las grandes escritoras, los escritores. Ocasiones en que el peso completo del mundo se nos viene encima, y como sombra, otra persona la espalda nos vigila, nos juzga: ¿qué tienes que decirle TÚ al mundo? Nuestra mano se atiesa, gárgola que intenta vivir las últimas horas antes de que el claror de la página, como un sol, la termine por vencer y guardar nuevamente en el bolsillo, en su smartphone. 

A veces, tal vez nos llegue esa sensación de mar abierto, esa inmensidad que puede sofocar por desoladora, y si somos personas prestas, quizá nos percatemos la similitud entre la curvatura de las letras, los ritmos de la pluma (o el teclado), hipnóticos, imitando el vaivén de ese mar que no terminan por romper, ¿no levantamos la a con su misma potencia?, ¿no se incorpora esa grafía con la misma sutileza que las olas ultramarinas?; y esa sensación de estar a la deriva entre cada letra, de sentirse azotar por ellas, o ir entre ella, puede desgarrar a uno: ¿qué decir si estoy solo, para quién hablar? Pues tal vez hagamos caso omiso y empecemos a escribir, contra todo ello, a formar esos litorales que se abren entre cada palabra, esas islitas primero, para después tener un archipiélago bien formado, y veamos que entonces las creamos para tener suelo firme, para salvarnos del naufragio en la hoja.

¿De dónde y por qué este sentimiento cuando buscamos crear? Hablo yo desde mi experiencia literaria, como editor, lector y como amigo, pero sé que es un fenómeno que se extiende como el rocío en un pastizal que es el campo fértil de las Artes. 

Al joven pintor o pintora, la brocha le puede pesar como un martillo; al danzante, los pies le pueden parecer como estacas que se clavan fijas en el piso; al cineasta la cámara se le antojará miope; mientras que a la fotógrafa le puede parecer su lente roto, y su ojo bizco; el poeta se hinchará en sus propias palabras y las metáforas flojas; la música al músico le parecerá sorda, las cuerdas de su lira o de su guitarra rotas, y su voz un chillido desentonado; ¿de dónde esta tenebrosa sensación de que el Arte es un sufrir?: nos diremos, pues, los Holgazanes del arte. 

Ah, pero no, el crimen no solo tiene autores materiales: también intelectuales. Algún arte, algunas personas, nos enseñaron bien, desde luego, pero otras no tan bien: nos pusieron inalcanzable la creación. Como quien le coloca a su mascota las croquetas en el lugar más alto de la alacena, pero aún a la vista, e ignora que el pobrecillo animal desde abajo mira, contempla, salivando incluso, por su alimento, a nosotros nos colocan a las artes allá arriba, arriba de nosotros mismos. Usadas por la academia como instrumento de negociación, fueron marcador social; usadas por el entretenimiento como chismografía; por las empresas, amas y dueñas de la técnica y del capital y de la repetición, como moneda de un nuevo mercado; las redes lo han prostituido; ya no, ya no: ¿somos holgazanes o nos podremos redimir? 

Yo empiezo este ensayo con la misma pereza, con la misma tibieza para enfrentar un miedo, para construir estas islas de palabras.

2.

Hace no mucho, abordamos el fenómeno del clic en masas. El campo de influencia de las redes nos aparta con mayor frecuencia, de nosotros mismos, desgregariza al individuo y aparta a la sociedad en un aislamiento que la enamora de sí misma. Pero como en cualquier matrimonio de larga duración, el enamoramiento, el aislamiento, se convierte en sofocación. En nuestro ensimismamiento, incapaces de ver más allá que el avatar que aparece en las redes, de no discernir sobre el contenido que consumismos, nos peleamos con el mismo rostro que avienta nuestro espejo. La era del pulgar, fue el título de nuestro segundo volumen. Persiste la sensación de que pudimos haber profundizado. Aunque fue una crítica superficial, centrada en la hiperconectividad, pensamos que algunas cosas merecían guardarse en el cajón editorial. «Les quedó grande la crítica», nos escribieron a la Redacción. Sí: pero algunas prendas se lucen cuando sueltas. Y entonces acá estamos ahora con orgullo modelándolas: ¿qué efectos trae la hiperconectividad a la cultura como integrador social?, ¿en las artes?; ¿nos hemos vuelto una civilización -como quiere Vargas Llosa- del espectáculo? Ahora sacamos esas prendas listas para lucirse.

Para Byung-Chul Han, por otra parte, somos la sociedad del cansancio: «Si toda época ha tenido sus enfermedades emblemáticas, El comienzo del Siglo XXI, desde un punto de vista patológico, no sería ni bacterial ni viral, sino neuronal.» Las enfermedades neuronales como la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, el trastorno límite de la personalidad el síndrome de desgaste ocupacional (Burnout Syndrome), definen el panorama patológico de comienzos de este siglo. Estas enfermedades no son infecciones, son infartos ocasionados por un exceso de positividad, dice Byung-Chul Han.

Y en otro frente, los lectores quieren libros fáciles, entretenidos, y que otorguen el pseudointelectualismo que sentimos se ha perdido; los museos cada vez funcionan como templos donde más que lo estético, imperan los dogmas de fe: un objeto se transmuta en arte por objeto de una magia elaborada con las palabras: es el cordero del arte que quita a los holgazanes del arte. 

¿Se ha vuelto un escape superfluo, vano e hinchado de vanidad? ¿Por qué consumimos arte? 

Reflexionar si el arte se ha vuelto obsoleto; holgazán; flojo; tibio. O si nosotros nos hemos vuelto más propensos al consumo light de la cultura o si nosotros simplemente ignoramos a las Artes -con mayúscula- que lo ameritan por este efecto.

No buscamos el encuentro con nosotros mismos a través de la reflexión y la introspección; huimos de un vacío, de una angustia. ¿qué hacemos aquí?, ¿para qué? Sentido de libertad nos gangrena de adentro hacía afuera, retuerce nuestras venas, sofoca los pulmones y nos deja por momentos sin respirar

Divertirse, escapar. Ser holgazanes del arte, de la cultura, tiene efectos: genera frivolidad, en el periodismos, irresponsabilidad y chismografía; el escándalo vende como la novela, y la crónica está en el Instagram del Blogger. Mientras tanto, somos tan ajenos a nuestra realidad, tan poco empáticos. 

No es que quiera Nietzches de vecinos, y caminando por las calles, pero ¿qué ha hecho que el Arte (con esa mayúscula) sea tan pedante? Porque si nuestra generación con mayor frecuencia lo rehúsa, sospecho que también el modo en que lo percibimos fue el incorrecto.

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