Cuerpos bajo presión

Volumen Ocho

Las mujeres son cuerpos que se esculpen con relación al otro; con relación a la presión que se imponen desde los medios tradicionales de comunicación. Las costumbres sexistas se han propagado en nuestra sociedad desde el comienzo y no existe caso que ejemplifique mejor la manipulación ideológica por medio de estereotipos como lo son los medios de comunicación.

por Michelle Mijares
4 Mayo 2020
Teimpo de lectura - 02 minutos 45 segundos
Fotografía S/D

Cuerpos bajo presión

Todo empieza con las fotografías que le toman a las niñas recién nacidas y los “gifs” o “stickers” que colocan sobre sus pezones. Desde los primeros meses de vida empieza a imponerse el estigma de que deben ser cubiertos y escondidos, como si representaran algo malo o “morboso”. Ambos recién nacidos, uno hombre, uno mujer; son presentados a la sociedad de diferente manera, porque la separación en la perspectiva de los cuerpos comienza desde que nacemos. Evoluciona, poco a poco, sin darnos cuenta incluso al crecer nosotras mismas nos avergonzarnos de nuestro cuerpo. Lento, sin poder hacer nada al respecto. Comenzamos a encontrarnos pequeños defectos, pequeñas mejoras que podemos hacernos para poder acercarnos el mínimo a la perfección que consideramos belleza.

En la escuela comienzas a notarlo durante la clase de educación física, con miradas que antes no solían estar sobre ti. Tu cuerpo va cambiando, las miradas aumentando y de pronto brincar la cuerda deja de ser tu actividad favorita, y mejor prefieres hacerlo cuando no hay muchas personas cerca. Te das cuenta de que cuando corres en el parque se te quedan viendo con ansias de tocarte. Y se replica en todas partes: te gritan cosas que no pediste, te miran con ojos de lujuria y te sexualizan sin tu consentimiento.  Entonces los vestidos que antes te gustaba usar dejan de ser tus favoritos y de pronto debes cambiar las reglas, la dinámica, tu comportamiento, tu libertad. Cambias tu manera de comprar, de sentarte y de sentirte. Cambias tú.

Mientras te impones limitaciones aumentan tus exigencias. Una falda que se vea bien pero que no sea lo suficientemente corta. Una buena postura que alinea tu figura. Debes cruzar las piernas y nunca sentarte con ellas abiertas. Ejercita tu cintura, se ve mejor si es pequeña. Sé delgada pero también con curvas. Acomoda tu grasa corporal en los lugares que apetezca, como tu busto o los glúteos. Y quémala de las zonas que te quitan gracia. No te vistas tan “rejega” que así no llamarás la atención, pero tampoco muestres mucho porque vas a dar una mala impresión. Puedo pensar en mil reglas más que vienen dictadas en este reglamento no escrito, pero sé que todas las podemos recitar de memoria. 

Me detengo a pensar ¿Por qué? ¿por qué deberíamos avergonzarnos? ¿por qué le pedimos perdón a nuestro reflejo una y otra vez nos decimos frente al espejo que todo sería mejor si los bustos fueran más grandes, más chicos, más “fijos”, más arriba, más redondos, más simétricos, más juntos? Midiendo nuestra cintura con ansia de que 60 centímetros no sean suficientes, ¡¿es que un centímetro no puede pedir más?! Contando todas las calorías que consumimos y quemándolas con dos horas de ejercicio, casi como un balance financiero. Negando ese helado o ese pastel porque a pesar del placer del bocado, no hay nada como el de ser “aceptada” y bonita. Más busto, menos cintura; más glúteos, menos calorías. Pasando una buena parte de nuestras vidas mirándonos fijamente y pensando si realmente somos suficiente, con dificultad en recordar cuándo fue la última vez que vimos nuestro reflejo y lo aceptamos, que lo quisimos.

Mi pregunta es: ¿hasta cuándo?, ¿hasta cuándo vamos a dejar que nos definan los estándares de belleza que tenemos inculcados desde niñas?, ¿hasta cuándo nos vamos a querer y aceptar a nosotras mismas?, ¿cuándo nos vamos a perdonar por no llenar nuestras propias expectativas? ¿y las suyas?, ¿cuándo vamos a parar de compararnos entre nosotras?

No estamos exentas de culpa, propagar el estigma es parte del problema. Pero tampoco nos castigó del todo. ¿Qué esperábamos? ¿qué esperábamos sentir en una sociedad que te hace creer que a veces más es mejor, y otras veces menos es lo indicado? No. Mostrar tu busto en tu escote no te hace “fácil” y esconderlo no te hace “difícil”. ¿porque limitamos nuestro juicio de una mujer a lo superficial? ¿a lo inmediato? ¿por qué lo limitamos?

Entonces, ¿de dónde viene esa necesidad del cuerpo perfecto?, ¿quién impuso esos ideales de “belleza” femenina? ¿por qué la imagen femenina tiene que ser de uno u otro modo? ¿por qué se nos imponen estándares de perfección inalcanzable? ¿quién determinó que una mujer vale exactamente 90 – 60 – 90? 

Las costumbres sexistas se han propagado en nuestra sociedad desde el comienzo y no existe caso que ejemplifique mejor la manipulación de nuestras mentes por medio de estereotipos como lo son los medios de comunicación. Los roles de la mujer en los medios encierran los argumentos básicos del discurso machista representando a la mujer en situaciones que le son “propias” y ejerciendo labores que le “corresponden” por naturaleza. Todo esto mientras mantiene su estética intacta para permanecer gratificante ante la mirada masculina. 

Siglo XXI y no es extraño encontrar en cualquier medio, publicidad donde la mayor preocupación de una mujer es quitarle una mancha de la camisa a su esposo o que su sueño es ser una ama de casa impecable, logrando todo esto y al mismo tiempo manteniendo el cuerpo perfecto. Los estereotipos suponen el material sociológico más útil con el que la publicidad y el cine pueden dar forma a su obra.

La cosificación supone tratar a alguien como un objeto de consumo, de venta, de transacción. Y desde pequeñas, hemos visto cómo la mujer es tratada como un ornamento que acompaña a otros en una toma. Es un “adorno” que se utiliza como mercancía para generar más clics, más ratings y más venta.  

Y desgraciadamente durante años la mujer fue ajena a la consciencia de la realidad que le presentaban los medios y ahora (en un despertar que ha sido lento) por fin con los ojos bien abiertos vemos que vivimos una sexualización desde una edad temprana. Crecemos pensando que nuestra vida sólo tendrá sentido si somos bonitas, perfectas, y que nuestro valor como mujer depende directamente de nuestro físico, hagamos lo que hagamos, sean cual sean nuestros logros, nuestro valor siempre dependerá de nuestro aspecto. No importa nuestro intelecto, solo nuestro cuerpo.

En el cine, me vienen a la mente pocas películas en donde el personaje femenino sea complejo, con defectos, virtudes, idealista, real. Con necesidades complejas y abstractas, con lecciones que tienen que aprender por ella misma, porque es ella, porque puede, porque es. Donde el argumento no trate sobre la búsqueda del amor romántico. Personajes que no giren en totalidad a la perfección de un cuerpo, a su belleza, a lo cautivadoras que son sus curvas. Si no que llamen a su intelecto, a sus miedos, a sus talentos. Una película sin la escena en la que la mujer se suelta el pelo en cámara lenta y deslumbra a toda la audiencia. 

Funcionamos con base en un modelo estereotipado de mujer que nos dificulta vernos al espejo y que el reflejo nos haga felices. Nuestros constantes intentos de perseguir la perfección nos tienen retocando cotidianamente nuestro cuerpo, viviendo en cuerpos bajo presión. La figura de la mujer tiene la exigencia de presentarse como perfecta, cuando al género masculino se le perdona la imperfección incluso pasando desapercibida a veces, ¿no?

Y no, no digo que la belleza sea algo malo. Tampoco el coqueteo, ni la sexualidad. Esto puede ser bello, artístico, humano. La apreciación de la estética femenina es y siempre ha sido una de las más hermosas y profundas manifestaciones de arte. Lo que el cuerpo de una mujer puede transmitir al espectador de la obra puede resaltar las más intensas emociones, como el amor o la gratitud. Pero lo cuestionable entra cuando esta belleza, esta humanidad, esta apreciación femenina se convierte en mercancía. También para quién se limite únicamente a eso. Lo hace la publicidad, lo repite el cine, los videos musicales, los programas de televisión, los videojuegos perpetuando la comercialización de la sexualidad femenina. 

Y aquí es donde considero que debemos replantearnos a nosotros mismos nuestra aceptación y percepción de este fenómeno mediático, y ponernos el reto de evaluar que podemos cambiar. ¿Qué podemos hacer nosotros para mejorar? ¿cómo eliminamos los estándares de belleza y perfección que se nos inculcaron desde niñas? ¿cómo evitamos que futuras generaciones crezcan con estas expectativas inalcanzables? Y la respuesta quizá parezca un poco obvia, tenemos que cambiar. Pero ¿qué?

Empecemos por nuestra percepción de las cosas. Prestemos atención a la cosificación de la mujer, que generalmente observamos naturalizada. Cambiemos nuestros estándares de la representación femenina en los medios, dejando de aceptar cosas que llevamos aceptando ya hace tiempo. Exigir más. A los directores, a las marcas, a los medios, a todos. 

Exijamos una representación justa que nos haga ver ante todos como lo que somos. Somos más que pedazos de carne, somos más que un producto en oferta. Somos inteligentes, idealistas, emocionales, talentosas, imperfectas. Queremos una representación que demuestre que existe belleza que no entra dentro de las medidas 90 - 60 - 90. Y que la belleza, y el valor de una mujer no debe ser medido por su cuerpo si no por su persona. Y cambiando, podemos lograr que las futuras generaciones crezcan libres de la expectativa y el estigma. Y así, puedan desarrollarse como las mujeres que son, sin manipulación exterior y sin presiones. Permitámosles crecer con algo que se nos negó a nosotras: la oportunidad de la imperfección.

Y quizá, cuando las mujeres comiencen a desarrollarse y sentir los cambios en su cuerpo, dejen de avergonzarse de ello. Tal vez no tengan que cambiar su personalidad ni su físico con el objetivo de agradar más a la sociedad. Podemos representar un cambio para las futuras generaciones en donde ellas no tengan que pedirle un perdón constante a su reflejo, ni jugar a un balance financiero entre calorías y ejercicio. Y el libro de reglas no escritas que llevamos en nuestra bolsa pueda hacerse más ligero. Cambiando podemos lograr que ninguna niña deje de saltar la cuerda en educación física. 

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