El arte de los marginados

Volumen Tres

La marginación, en cualquiera de sus formas, es absolutamente necesaria para que el arte encarne y vaya de solo reflejar el sentimiento del artista en la obra a inculcarlo en el corazón de la audiencia. El arte toma al espectador y lo convierte en un marginado más…he ahí su maldición.

por Renata Kalife
6 Mayo 2019
Teimpo de lectura - 2 minutos 28 segundos
Fotografía por: Bombanoise

El arte de los marginados

Dicen que hay años que hacen preguntas y años que dan respuestas. Si lo mismo aplica para los escritos, el siguiente definitivamente es del primer tipo. 

En un artículo publicado tras la muerte de David Bowie en 2016, la revista GQ escribió: “él era un arquetipo de estrella de rock, un revolucionario sexual, un esteta de vanguardia y un visionario de ciencia ficción”. Definieron a Bowie a partir de su persona en el escenario, pero ¿quién fue antes de ser todo esto?, ¿qué lo orilló a descubrirse en su excentricidad? En la orilla, la respuesta: un marginado. 

1970. Inicio de la carrera de Bowie. Habían pasado tan solo tres años desde que en Reino Unido despenalizó la homosexualidad . Su vestimenta estrafalaria y sus movimientos afeminados lo celebraban. Y entonces llegó la narrativa que constantemente nos presenta la cultura pop en las últimas décadas. El héroe bajo el manto de la marginación, esperando a ser empujado hasta el límite para descubrirse, y convertir su vida en historia épica. Pero el ser que vive en la orilla va más allá: moldea las normas, rompe las instituciones, y las reinventa. 

¿Qué es un ser marginal y qué representan para el arte? ¿Son «rebeldes, locos, e inadptados», como definía Steve Jobs a esas personas que suelen intentar cambiar el mundo, o son meras minorías, dolo u omisión de la sociedad?  

Podrá cambiar la actividad característica del marginado; podrá encarnarse como artista (Basquiat), escritor (Hemingway), o activista (Martin Luther King), pero la variable constante del ideal es inamovible: todos buscan representar a su cúmulo de marginados esparcidos entre la multitud. 

Estos marginados – malditos para algunos- son quienes terminan por trazar, gracias a su rol temporal, nuestra realidad, y, ya sea que seamos uno de ellos o quizás un opresor más, de cualquier forma, se vuelve imposible quedar inmune al más puro y sustancial arte que crean. 

Las mismas características por las cuáles estos sujetos se vuelven minoría, eventualmente se convertirán en las razones por las cuáles son alabados a escala popular. Porque se atreven a reconocer que están parados en la esquina de la hoja, y caminan, corren, tropiezan, pero no paran hasta llegar al renglón; al centro de la sociedad.

¿Qué sería del mundo del arte sin los marginados? ¿Es la marginación una condición intrínseca a nuestra condición humana? Cito a Palniuk (El Club de la Pelea): “el arte nunca proviene de la felicidad”. Si esto es así, le debemos todo el arte a esa maldición que condena a unos cuantos a ser una minoría, a ser una orilla. 

La marginación permite esta conversión de opresión, en liberación, y eventualmente, en el arte que nace de la misma.  En cualquiera de sus formas, es absolutamente necesaria para que el arte encarne y vaya de solo reflejar el sentimiento del artista en la obra a inculcarlo en el corazón de la audiencia. El arte toma al espectador y lo convierte en un marginado más…he ahí su maldición.

Si te gustó el artículo, quizá disfrutes conocer un poco acerca del cine y la televisión

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