Soliloquios (de un par de marginados)

Volumen Tres

El margen es vacío: succiona, atrapa y borra, pero también es alivio: aísla y reinventa. En este Volumen Tres aventamos la lupa para ver esos rayones que se han hecho diminutos, difuminados como en una libreta vieja, en los ojos de la sociedad. Mishelle Muñoz dialoga con colectivos de Ecatepec para descubrir cómo el ser marginado descubre el arte; Mafer Rodríguez rescata el movimiento #MeToo del desplazamiento que ha tenido (hacía el margen) en los últimos meses; Renata Kalife descubre la narrativa que la cultura pop le ha impuesto a la marginación y a propósito de David Bowie, nos dice cuál es la verdadera maldición del artista marginado; María José Gutiérrez se pregunta si acaso el lenguaje no es lo primero que margina, si tal vez a través del lenguaje no es con lo primero que marginamos, porque de serlo, ¿no sería a través de él que debiéramos rescatarnos?; hay poemas y aforismos dentro del volumen, géneros marginados por el contenido light de las redes que premia el imbecilismo; en fin, hay contenido que nos vuelve a integrar a nosotros -unos malditos marginados de la historia de la crítica y de la cultura- al centro de la hoja: no venimos solos.

por Javier Talamás Weigend
6 Mayo 2019
Fotografía por: Vocanova

Soliloquios (de un par de marginados)

1.

Me canso. Pero eso no me permiten decirlo; ni que los intestinos se me vuelven un nudo que aprieta de adentro hacia afuera, cuando tengo hambre, que es siempre; que me atrevo a soñar la realidad de otros como un cielo, porque solo muriendo me libro de esto, y mi cielo solo da para imaginar la vida de otros, tampoco me permiten decirlo. Ni quejarme del sol, de esa semilla gigante que crece, de arriba hacia abajo, sus vainas delgaditas de fuego, bien finas, que llegan hasta acá, y que me latigan, que me queman mi pies, y mi piel, y que la marcan, y que calcinan así mi carne; y que calcinada mi carne en el verano, entonces recibe al invierno y a sus vientos que siento como cuchillas que se estrellan contra mis trapos de ropa, y que entonces las penetran, y se meten hasta mis huesos que se entumecen; pero me quedo callado y no lo digo a ninguna persona a la que le pido ayuda porque me ven con ojos de asco; y es que en el crucero en el que duermo, y como, y pido ayuda, pasan mucho, pasan hartadas todas, ¿conocerán el hartazgo?, van en su coche, pues, en su coche de lujo, y sí, es un asco el que sienten pero a veces creo que es a ellas mismas también, porque a veces creo que sienten la culpa de dejarnos aventados acá, pero otras veces creo que no sienten mucha; no hablo siquiera de que tuve sueños, o de que tuve un nombre, y una ilusión allá en mi país; tuve infancia, también, y ahora yo no tengo mucho, no tengo nada, más bien, pero sí tengo el asombro de las personas, y ese es bien mío. Y me lo guardo como mi patrimonio, pero no como guardo el refresco que me debe durar tres días de sed, ni el pan duro en mi mochila, que me debe durar lo que dios quiera, y que cosquillas le hace al hambre, porque de sabor tiene la tierra, y de color, también la tierra, sino como guarda el cuerpo sus órganos: solo para existir; no puedo decirles todo esto, no puedo decirles que yo solo de paso venía, así que mejor me aviento a la suerte de una banqueta todos los días. Total, allí los perros y yo nos reconocemos vivos.

2.

Yo me ando como una criatura que se protege el vientre; me han dicho que cruzarse de brazos es un instintito animal que conservamos: cubrir la parte más vulnerable de la bestia. Es la parte suave. Donde al animal se le puede matar fácilmente. Mas yo me la cubro por otras cosas; porque tengo una matriz; porque tengo ovarios. Y tenerlos está bien, pero no tenerlos aquí adentro. 

Así como ando creo que me protejo, y me protejo bien, que es protegerme de algo más afilado que el colmillo feroz de un animal; me lo protejo de los ojos de los varones. No sirven para mirar, sino para desvestir, para desver, para hacer magia a su antojo. Más que ojos, a veces pienso que son tapones, y que por eso no les llega suficiente aire al cerebro, y que por eso no contemplan, sino aprópianse de todo. He visto la oscuridad más cabrona en sus ojos que en las noches borradas de estrellas. Todo el día están al acecho. Hablo de los custodios. Aquí todas les llamamos Los Negros. Por el uniforme, claro, porque cuando se acercan en su verdadera piel, es por las noches, y lo único que puedes hacer es cerrar los ojos, y aguantarte. Cuando tienen coraje una no se salva y solo se calla sus chillidos para adentro. Una tiene que obedecer y darse a ellos. Los Negros son implacables. A veces traen amigos de afuera, o traen a reclusos varones, varones y pendejos, para que nos gocen a una. “Te lo mereces, puta, por criminal”, y una tiene que asentir, y callarse, y soportar las embestidas que le dan a una en las nalgas, desde atrás. 

Cuando platicamos unas con otras siempre nos decimos que estuvo mal, que sabemos que merecíamos tal vez un castigo, pero nada como esto. Que además del castigo del Estado, es el castigo de la mujer: ser eso, mujer. Y que sí, que sí estuvo mal lo que yo hice, y lo acepto ahorita, pero mi chiquillo, qué hambre tenía, y mi esposo, talentoso solo para no hacer, que se fue y no regresa, que nos abandonó a la suerte; me orillaron a venderme, a vender mi cuerpo, pero seguía siendo mío, y por eso cuando al marranete ese que intentó violarme le di de a golpes y lo maté, no era mi intención. Pero nadie entendió y los policías rápido me echaron pa’rriba a la patrulla; y esa misma puta suerte que me hace pasar el tiempo aquí, y que ha hecho seguro crecer a mi chiquillo unos veinte años más, que ha borrado la cara de su madre de su mente, y la pinche suerte que ha convertido en manecillas a las rendijas del hierro que dividen mi celda, y esa pinche suerte que me puso ovarios, y que me ha borrado, y que ha borrado también poder decir que amo a alguien. Porque no amo a nadie. Aquí no se puede amar. Aquí se sobrevive nomás. Dijo el juez en ese idioma raro, quesque muy elevado; es un idioma más bien pinche de los abogados, pinche porque solo sirve para inflarse su ego culero; que la «reinserción que reconoce la Carta Magna colige a todos los órganos jurisdiccionales a inclinarse», y no sé que otras tantas cosas se le ocurrieron solo para sentenciarme a veinticinco años a una muerte por demás lenta, a un olvido, y que el Estado me iba proveer de «mecanismos, medidas y condiciones» para que mi libertad fuera garantizada, pero son mamadas, la verdad, no me han dado pura madre, y mi único ocio son libros más deplorables que Los Negros, y que si voy a trabajar, si salgo, pero una cómo va a encontrar trabajo si la han tildado de asesina, de reo, pero peor: de mujer.

***

Estos diálogos, que son imaginados, pero que no tanto, existen. Son testimonios de personas borradas. A muchas personas el margen social las traza, las enmienda, y las borra…la sociedad siempre las borra: son un garabato en el margen. 

El reflejo que no abarca el espejo y se corta; un espacio en la hoja que de blanco se infla y no se utiliza; el extremo o la orilla; la línea en el mapa que separa países; el miedo a no entrarle de lleno; cuestión secundaria o de escasa importancia: las personas que de la historia han sido borradas, o a las que el capital y el dinero constantemente ignoran; el verso que no se integra al poema; la enmienda en la romántica carta que no se comparte: la maldición del margen es dar forma a un objeto sin ser parte de él.

***

El margen es vacío: succiona, atrapa y borra, pero también es alivio: aísla y reinventa. En este Volumen Tres aventamos la lupa para ver esos rayones que se han hecho diminutos, difuminados como en una libreta vieja, en los ojos de la sociedad. Mishelle Muñoz dialoga con colectivos de Ecatepec para descubrir cómo el ser marginado descubre el arte; Mafer Rodríguez rescata el movimiento #MeToo del desplazamiento que ha tenido (hacía el margen) en los últimos meses; Renata Kalife descubre la narrativa que la cultura pop le ha impuesto a la marginación y a propósito de David Bowie, nos dice cuál es la verdadera maldición del artista marginado; María José Gutiérrez se pregunta si acaso el lenguaje no es lo primero que margina, si tal vez a través del lenguaje no es con lo primero que marginamos, porque de serlo, ¿no sería a través de él que debiéramos rescatarnos?; hay poemas y aforismos dentro del volumen, géneros marginados por el contenido light de las redes que premia el imbecilismo; en fin, hay contenido que nos vuelve a integrar a nosotros -unos malditos marginados de la historia de la crítica y de la cultura- al centro de la hoja: no venimos solos.

 

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