Una Vida Desequilibrada

Volumen Cuatro

Nos han advertido durante años las consecuencias del calentamiento global. En busca de soluciones, varias personas han recurrido al documental ambiental para luchar por su causa. Y gracias a ello, este género se encuentra en su auge. Algunos se aprovechan de la causa; por ejemplo, What The Health (2017) manipuló los hechos para imponer sus ideales, mientras que otros han sido exitosos: An Inconvenient Truth (2006) ganó el premio Nobel de la Paz; The Cove (2009) redujo drásticamente la caza de delfines en Japón; Blackfish (2013) quebró a Seaworld por su maltrato a las ballenas. Para Marcelo Galán, hay acaso un documental mucho más relevante a cualquier otro que te sugiera Netflix: Koyaanisqatsi (1982).

por Marcelo Galán Gutiérrez
5 Agosto 2019
Teimpo de lectura - 01 minuto 59 segundos
Fotografía por: The Cove - IMDB

Una Vida Desequilibrada

Desde hace un chingo nos vienen advirtiendo las causas y efectos del calentamiento global. Creo que ya quedó bastante claro: tenemos un problemón y no estamos haciendo lo suficiente. Pero irónicamente, ahora existe una oposición que descalifica estos hechos. 

La oposición es liderada por diferentes gobiernos y empresas, decididas a no cambiar. Desde la administración de Trump saliendo del Paris Agreement, a las mineras canadienses exprimiendo los recursos naturales de América Latina; y ahora AMLO: su apuesta a las refinerías. 

Socialmente es diferente, la gente sí está consciente y tiene hambre por hacer algo al respecto. Los jóvenes organizan huelgas, los ricos hacen fundaciones, los indígenas se amparan, las celebridades hablan en la ONU y los mortales rechazamos las bolsas de plástico. 

En busca de soluciones, varias personas han recurrido al documental ambiental para luchar por su causa. Y gracias a ello, este género se encuentra en su auge. Algunos se aprovechan de la causa: What The Health (2017) manipuló los hechos para imponer sus ideales. Otros han sido exitosos: An Inconvenient Truth (2006) ganó el premio Nobel de la Paz; The Cove (2009) redujo drásticamente la caza de delfines en Japón; Blackfish (2013) quebró a Seaworld por su maltrato a las ballenas.  

Hay acaso un documental mucho más relevante a cualquier otro que te sugiera Netflix. Este documental no tiene entrevistas, ni cifras. No tiene palabras, ni historia. No te quiere convencer de nada. Es una película de culto que se a convertido en un clásico y lleva el título de: Koyaanisqatsi (1982), que en idioma hopi significa: Vida Desequilibrada. 

El documental es musicalmente supremo por la composición de Philip Glass, visualmente impactante por la cinematografía de Ron Fricke y existencialmente poético por la dirección de Godfrey Reggio. La película abre con planos de la naturaleza, como si fuese el origen de la tierra, antes de la vida, antes del humano. El humo brota por la tierra, el desierto es infinito, las nubes se mueven como si fuesen olas y las olas como si fuesen nubes. El planeta tierra es un ser orgánico en su máximo esplendor. La cámara vuela por estos paisajes hasta llegar a unos campos de flores, estos campos son simétricos y están llenos de colores, propios de la agricultura humana. De ahí pasamos a una autopista llena de autos, camiones y hasta aviones. La simetría del campo es similar a la de los estacionamientos y a los miles de tanques de guerra alineados perfectamente, la ingeniería de estos humanos puede sorprenderte como la bomba casi perfecta que tranquilamente flota por los aires, hasta que toca la tierra y arruina todo. La pantalla se llena de explosiones, los aviones, barcos y tanques, desaparecen, como si fuesen hechos para ser destruidos. Del caos regresa la tranquilidad del paisaje. Ya no es un desierto, ahora es una ciudad con edificios más grandes que cualquier árbol.  

Así comienza el documental y permanece con ese tono durante toda su duración. Podemos referirnos a este tipo de películas como “documentales poéticos.” Un documental enfocado en crear una experiencia fílmica que genere sentimientos en la audiencia. El documental poético se origina con Man With a Movie Camera (1929): su creador quería crear un lenguaje propio del cine, con el fundamento de separarse de la literatura y el teatro. Esta película es rápida, y experimenta con todo tipo de efecto audiovisual: muestra la vida cotidiana en las ciudades soviéticas y su interacción con la tecnología. 

Cincuenta años más tarde, Koyaanisqatsi hace lo mismo pero en un contexto diferente, en los ochentas de los Estados Unidos: las computadoras ya existen y las ciudades parecen propias de la ciencia ficción. Ambas películas son representativas de sus tiempos. Man With a Movie Camera se enfoca en la industrialización y las clases sociales de la antigua Rusia mientras Koyaanisqatsi tiene un enfoque filosófico entre la relación de los humanos con la naturaleza.

Uno pensaría que estos documentales están destinados a ser pesimistas, pero este no es el caso. Los cineastas son cuidadosos en enseñar todo el espectro del mundo contemporáneo. Desde las injusticias mas grandes hasta las interacciones más empáticas. La bomba nuclear es una tragedia para muchos y un triunfo para algunos. Estas contradicciones son la esencia de Koyaanisqatsi.  Reggio dice:

«No quería mostrar las obviedades de la injusticia, del desgregarismo, de las guerras, etcétera; quería mostrar aquello de lo que estamos más orgullosos: nuestro brillante monstruo, nuestro estilo de vida. Y por tanto [la película] es sobre la belleza de esta monstruo.»

La película cierra con un plano de un cohete espacial despegando. La energía que requiere se visualiza en forma de fuego, hielo y humo. El cohete por fin se eleva hasta llegar a los cielos y rápidamente se encuentra alejado de la civilización. 

¿Acaso es esta nuestra solución? ¿Nuestro destino de migrar y empezar de nuevo? Parece que no, ya que el cohete explota y así de rápido la esperanza se vuelve una tragedia. Podemos ver lo que quedó de la nave espacial y su recorrido en caída rápida es tan largo que no queda más que la reflexión. Todo imperio tiene su fin. ¿Será este el nuestro? 

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