¡Yo no soy virgen!

Volumen Once

La virginidad es una construcción social que se ha creado para tener mayor control sobre las mujeres; es, por tanto, un constructo de machos y para machos. ¿Qué atraviesa una mujer cuando inicia su vida sexual? Raquel Guerrero reflexiona sobre ello.

por Raquel Guerrero Velázquez
2 Noviembre 2020
Fotografía por: VOCANOVA

¡Yo no soy virgen!

«La primera vez siempre debe ser con el amor de tu vida; no debiste hacerlo con él». Estas fueron las palabras que escuché después de tener relaciones sexuales por primera vez. 

No, no fue con el «amor de mi vida». No, no estaba enamorada. La persona con la que salía y con la que decidí compartir ese momento no era mi novio; un par de semanas después, dejamos de hablar. 

Sentir que tuve relaciones sexuales por primera vez con quien no debía, me hizo sentir mal durante días, semanas, meses e incluso años. Me arrepentí muchas veces. Me castigué horas pensando en que debí esperar al «indicado». ¿Por qué?, si yo estuve segura de cada decisión tomada; ¿por qué?, si siempre he sido dueña de mi cuerpo y de la forma en que decido compartirlo o no. La respuesta es simple: crecí con la construcción social —entre muchas otras—de la virginidad como concepto que definía mi valor como mujer entre los hombres. 

Decidí ir al buscador de Google a buscar la definición del término virginidad y esto fue lo que encontré: la virginidad es el estado de la persona que es virgen, es decir, que no ha tenido nunca relaciones sexuales. Más abajito, en los siguientes resultados, se puede leer: «la casi desaparición del culto a la virginidad hace que cada vez sea menos frecuente que la mujer se case con el primer y único novio». ¡Gracias al cielo! 

Me seguí con el diccionario snob de la lengua española, que define a la virginidad como el acto de “guardarse” para una divinidad, como lo hizo —según la biblia— la virgen María. ¡Qué terror! Estoy intentado juntar en mi cabeza las palabras que leo y escribo y sólo puedo pensar en la horrible situación de considerar a la persona para la que te “guardaste” o a la que “te entregaste” —un hombre en este caso— como una divinidad. (¡Qué va! La única divinidad que yo conozco, y merecida, es al Divo de Juárez.)  

La sexualidad en mi educación como adolescente fue un tema que preferíamos susurrar entre amigas. Tener relaciones sexuales por primera vez se convirtió en un secreto oscuro que teníamos que cuidar frente a los demás a como diera lugar. «Que no sepan que ya lo hiciste». Y si entre los secretos a voces que circulaban, nos enterábamos de alguien que había empezado su vida sexual, la sorpresa se volvía tan grande, que no podíamos evitar quitarle los ojos de encima, como si se hubiera cometido un terrible crimen. 

Por ahí, entre los niños, se comentaba que cuando una niña empezaba a caminar diferente o se le ensanchaban las caderas, era sinónimo de que había dejado de ser virgen.

Las implicaciones que tiene la palabra virginidad para hombres y mujeres es totalmente diferente. Durante años he escuchado a muchos hombres enorgullecerse de tener sexo con la mayor cantidad de mujeres posibles, dejando de lado la responsabilidad afectiva y auto proclamándose fuckboys, mientras que, por otro lado, las mujeres que disfrutan activamente de su sexualidad son llamadas putas. 

Si regresamos a los resultados de Google, podemos leer como el énfasis de la definición de virginidad se refiere únicamente a la mujer que ya no se casa con su primer y único novio. Las mujeres, según la sociedad, son las que deben guardarse hasta el matrimonio y llegar de blanco a un altar—ajá, de ahí viene eso del vestido blanco porque #pureza— y ser fieles para toda la vida. El sistema patriarcal demostrando otra vez su dominio sobre el sexo femenino, sobre el género que le es ajeno, ¡qué sorpresa! 

Otra creencia errónea ligada al sistema patriarcal sobre las relaciones sexuales por primera vez es la del rompimiento del himen como marca que diferencia a una virgen de la que no lo es. El himen es un tejido ubicado en la entrada de la vagina que puede romperse en cualquier momento; no es tarea única de un cuerpo con pene. También hay otras maneras de que el himen se estire y rompa, como montar en bicicleta, hacer deporte, o introducir algo en la vagina, ya sea un tampón, un juguete sexual o un dedo. Muchas personas creen que la penetración es la manera de iniciarse en la vida sexual, y nuevamente caemos en las ideas machistas que dejan de lado a muchas personas y tipos de sexo, pero sobre todo al placer que podemos dar y recibir de diferentes maneras y que tristemente olvidamos por la construcción de ligar únicamente el placer con la penetración.  El sexo no siempre es pene-vagina: hay pene-pene, vagina-vagina, aparte de no entender que el sexo va más allá de la penetración, de un coito o un orgasmo. Se trata de la conexión física entre unos y otros (o consigx mismx). Besar es sexo, el coqueteo es sexo, la masturbación mutua es sexo; el momento compartido es sexo. Pero la sexualidad es utilizada por los hombres como su forma de poseer y recibir; como si pudieran quitarnos algo que no existe; como si pudieran mandar sobre un cuerpo que nunca les ha pertenecido.

En La Escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez escribe Rita Segato cómo los hombres, sobre todo los feminicidas, se encuentran en una constante búsqueda de reconstruir su virilidad apropiándose de un tributo femenino para construirse como hombres. Es cierto. 

Hablando de la virginidad y el sexo, el hombre heterosexual siempre busca estar un paso arriba del resto. Camina erguido y se siente importante conquistando y logrando el cometido de penetrar a cuantas más mujeres sean posibles. Puntos extra si es su primera vez. Tristeza, enojo, ira e inseguridad si no lo logra, o si entre sus amigos es el único que no es sexualmente activo. No dejemos de lado la difusión eréctil o la eyaculación precoz, condiciones que hacen sentir a los hombres en un espacio menos viril, dejando de lado el disfrute que lleva consigo los diferentes actos en una relación sexual. ¿Cuántas veces también hemos fingido un orgasmo?, todo por el miedo a la decepción o enojo de nuestra pareja. La falta de empatía a la hora del acto sexual con nuestra pareja  también es un acto patriarcal. 

Y lo complejo de todo esto es que la masculinidad se yergue entre paradojas. «Decir que un hombre es heterosexual implica solamente que él tiene relaciones sexuales exclusivamente con el sexo opuesto, o sea, mujeres […] En sus relaciones con mujeres, lo que es visto como respeto es cortesía, generosidad o paternalismo; lo que es visto como honra es colocar a la mujer como en una campana de cristal. De las mujeres ellos [los hombres] quieren devoción, servidumbre y sexo. La cultura heterosexual masculina es homoafectiva; ella cultiva el amor por los hombres», escribe Marilyn Frye en The politics of reality

El valor sexual de una persona no se mide por el número de relaciones sexuales que tenga, o en si ha habido penetración por un hombre. El sexo es un acto opcional en la vida de todas las personas y que cuando se decide compartir debe ser en un ambiente de mutuo respeto. Debe ser una decisión propia y no una imposición social o religiosa: no debemos olvidar la influencia de la religión católica y las implicaciones que sus retorcidas ideas sobre la pureza y la castidad tienen en la sexualidad. 

Por años, la virginidad ha sido considerada por la religión católica como una virtud, la más pura. No por nada la imagen madre de esta institución es una virgen. Practicar el autocontrol es un acto de aplausos para la iglesia católica, que predica castidad y por debajo de la mesa encubre violadores y pederastas. Les digo, mucho bla, bla, bla para nada. «Dios fue, alguna vez, ignorante» (Mónica Ojeda, Mandíbula) ¿Tan dueñes de nuestros cuerpos y practicar el autocontrol? ¡No, gracias! Gritaríamos por ahí: llámanos putas, no santas.

Una de mis mejores amigas hace unos años juraba “guardarse” hasta el matrimonio. Solía referirse a la virginidad como un regalo para su futuro esposo, un regalo para la persona especial que llegaría a cambiar su vida por siempre —sí, del amor romántico y otros demonios— y que iba a merecerlo sobre el resto. El chisme acá es que no, no va a llegar de blanco al matrimonio. Pero sí feliz.

Como sociedad queda una larga chamba de seguir luchando por la liberación sexual femenina, por romper patrones machistas y generar nuevos tipos de masculinidad responsables sobre sus actos y su papel en una sociedad que siempre les ha otorgado más. Y esto se debe lograr también desde la sexualidad.

El placer y nuestro cuerpo nos pertenece. Nosotres decidimos sobre nuestra sexualidad. Nosotros decidimos sobre nuestras primeras veces, el cómo y el con quién y no. La primera vez NO tiene que ser con el amor de tu vida. A mí me ha costado años entenderlo y sobre todo liberarme de todas las ideas que desde niña he cargado, de la pena de ver mi cuerpo desnudo, de la pena de compartirlo con alguien más. 

Yo no soy virgen. Pero la realizad es que nunca lo he sido porque la virginidad no existe. Mi vida y mi cuerpo son míos.

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