Qué bonito amor

Volumen Trece

La comida es olfato y gusto; pero también es memoria y nostalgia. En este ensayo, Raquel Guerrero reflexiona en torno al recuerdo de su madre, y cómo las experiencias gastronómicas nos unen al amor y a un tiempo melancólico capaz de reparar el alma.

POR Raquel Guerrero Velázquez
10 marzo 2021

Qué bonito amor

La vida sería mucho más agradable si uno pudiera llevarse a donde quiera que fuera los sabores y olores de la casa materna

—Laura Esquivel

Lo único que mantenía mi ilusión por las fiestas decembrinas era la comida. Mi mamá comenzaba los preparativos las primeras horas del día 24 de diciembre. A mí me gustaba sentirme importante: inyectaba al pavo, cortaba los trocitos de la dulcísima gelatina de piña que sólo ella sabía hacer. No sólo me sentía: era importante. Nunca nos gustaron los villancicos, pero ahí estábamos con algún disco de José Alfredo Jiménez de fondo mientras las dos, sentadas en la mesa, preparábamos la comida. Mi papá sacaba la vajilla o los adornos navideños y precalentaba el horno. Así pasaron muchos años.

Luego mi papá y yo huimos de diciembre. No hay santas ni renos ni esferas en un árbol de plástico ni un pavo jugoso sustituyendo al florero de la mesa negra con mantel blanco. Hace siete años quedó un silencio entre él y yo que se siente frío y arde en la entrada de la garganta. Hace siete años que, sin hacer algún esfuerzo, decidimos pedir pizza e irnos a dormir temprano en nochebuena y año nuevo. Una vez salimos de viaje y la pizza se sustituyó muy bien. Otro año mi amiga nos invitó a su casa el 31, y también la pasamos bien.

Este hueco del que hablo no es exclusivo de diciembre ni siquiera del invierno. Todo el año huyo de antojos y sabores. Cierro la boca para negar al paladar sus exigencias y me tapo la nariz para evitar sabores y olores que me duelan.

Mi papá se encargaba de la limpieza y yo de ayudar a quien lo necesitara —casi siempre a mi mamá—. Luego hubo que resetear los relojes. A mi papá le costó más trabajo que a mí. Tal vez. Yo iba a la universidad y a las fiestas. Viajaba y me emborrachaba.  Él volvía de trabajar y se quedaba en casa. Yo empecé a leer más, él dejó de hacerlo. Tenía en la cabeza tantas preocupaciones —ejemplo: la de seguir educando y alimentando a su triste hija adolescente—. Pasamos los últimos meses respirando vida, en casa de mis abuelos. Nos aterraba volver a la casa vacía. Luego sí regresamos aunque la verdad, fue a otro lugar cerca y, durante un mes entero mi papá me preguntó todas las mañanas si quería un vaso de leche. Que no, que ya sabes que no me gusta la leche, le contestaba toda molesta.  ¿Cómo es que después de diecinueve años no se había enterado? Siempre hemos sido cercanos, pero la verdad es que nadie conoce a nadie. No tan bien.

Con los años mi papá dejó de huirle a la cocina. Aprendió a hacer unos muy buenos hotcakes, cocinó un arroz con leche que me hace recordar mis años de infancia, intentó hacer espagueti y triunfó como nadie en los chilaquiles verdes, que a veces quedan picositos pero sin lastimar la lengua. Recuerdo que primero, temeroso, decía “a ver si me salió” cuando llevaba un plato a la mesa. La verdad es que no fallaba. Se esfuerza, cuida hasta el último detalle: las especias, la sal, el emplatado. No tengo el permiso de mi mamá pero ni modo: debo decir que la ha superado en un montón de platillos.

~

De los dos, el que tiene los ojos más tristes es mi papá. También es el único que sabe cocinar bien. (A veces lo escucho llorar detrás de la puerta y me escurro en mi cama a llorar también. Yo lo quiero mucho, porque siente todo lo que siento yo.)

Mi papá y yo tenemos muchas cosas en común. Nos duelen las mismas cosas. Es mi mejor amigo. Nos gusta la misma música (Los beatles, los shocking blue y Air Supply) y comer dulces a todas horas. Nos gusta ir al cine y comprar palomitas de caramelo que se terminan antes de que empiece la película. Nos gusta leer los mismos libros, ahorita estamos leyendo El Rastro de Margo Glantz.  Yo soy más fuerte que él.

La primera vez que vi llorar a mi papá fue cuando le pregunté por su mamá. Él tenía trece años cuando Margarita murió. Lloró un par de minutos, lo abracé y pasaron más de diez años hasta la segunda vez que lo volví a ver llorar. Lloramos juntos. Lloramos meses, años. Lloramos por la casa amarilla, que se quedó vacía, igual que nosotros. Lloramos por la gelatina de piña en navidad. Casi nos quedamos sin ojos. Lloramos por la maldita mesa de tres servida para dos. Por el beso en las mañanas que no nos volvió a despertar. Por una cara desesperadamente buscada en fotos y lloramos porque teníamos miedo de olvidar. La segunda vez que lo vi llorar fue cuando murió el amor de su vida y de la mía.

Mi papá y yo tenemos muchas cosas en común:

        Qué bonito amor, qué bonito cielo,
        qué bonita luna, qué bonito sol.
        Qué bonito amor, yo lo quiero mucho
        porque siente todo lo que siento yo.

~

De los dos, el que tiene la sonrisa más grande es mi papá. A veces lo escucho reír muy fuerte y corro a escurrirme entre sus brazos. Y reímos y comemos postres y agradecemos ver juntos otra puesta de sol. Mi papá y yo tenemos muchas cosas en común. Este año, después del coronavirus que nos tuvo casi un mes en la cama, después de otra pérdida y las constantes tristezas que son la guarnición de esta vida, sigue preparándome hotcakes y comprando pasteles de fresa de la Gran Vía. Me consiente. Tal vez al final de 2022 intentemos hacer pavo y gelatina de piña.  Quién sabe.

No les había dicho pero un día hace como siete años a mi mamá empezó a dolerle el pecho. Luego le dolió más duro y luego fue y se murió. Mi papá (que seguro estará leyendo esto) y yo pensamos que nunca se ama como cuando estamos sentados en una misma mesa de dos, mesa de tres. Y yo, como no sé cocinar, aquí entre nos le digo que lo amo.

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