Para Norah Gallego, contar historias es un acto de subversión y de resistencia; son oportunidades para vernos un poco desde fuera y aplaudirnos por lo enfrentado y lo logrado; oportunidades para inspirarnos e inspirar.
Quiero ser mi propia musa
Para Loretta J. Ross y Rickie Solinger, el contar historias (o storytelling), es un acto de subversión y de resistencia. Escuchar las historias de lxs demás nos invita a cambiar de lente; a imaginar y entender la vida de alguien más; a reexaminar nuestras realidades e imaginar nuestras posibilidades a partir de ello.
Desde que leí al respecto, he pensado mucho en el poder que tiene el arte de relatar vivencias, especialmente para aquéllxs cuyas experiencias han sido históricamente silenciadas, minimizadas o ignoradas.
Pienso mucho en cómo es difícil para las mujeres atrevernos a contar historias, a crear, a representarlas, pues por mucho tiempo lo que relatamos se ha puesto en duda, se ha calificado de irrelevante o hemos sido sometidas a críticas muy duras. Parece ser que solamente formamos parte de las historias en medida en que las inspiremos, no en que las creemos o protagonicemos. Que una es musa, pero no artista.
Pero ¿qué si no es una dicotomía? Se ha concebido el ser musa y el crear como mutuamente excluyentes porque se ha entendido a la musa como inspiración en función de otros, pero la narrativa cambia al ser nuestras propias musas y al encontrar inspiración en nosotras mismas, en nuestras historias.
La inspiración en función de nosotras mismas implica tomar un papel activo: narrar, crear, atrevernos. Es también considerar que lo que tenemos que decir es valioso, y es ahí donde radica lo subversivo. En un mundo donde el silencio en las mujeres es considerado conveniente y donde la visión patriarcal de la realidad es la que reina, expresar y relatar nuestra versión nos arma y empodera.
Escuchar historias de quienes han resistido a distintas formas de opresión nos hace cuestionar lo que conocemos. Nos hace no sólo esperar más sino también exigirlo. Es así como otras mujeres también se convierten en nuestras musas y nos inspiran a partir de sus vivencias particulares, que se traducen en recordatorios de lucha y rebeldía en distintas formas.
Y es que yo no sería quien soy si no hubiera escuchado las historias de mi mamá, de mis tías y de mis abuelas, que me dieron una noción de todo lo que podía ser. En sus historias encontré lecciones de valentía, fortaleza, resiliencia y ganas de hacer.
Si crecí retando los límites que socialmente nos son impuestos como mujeres fue porque las protagonistas de las historias que me rodearon cuando era pequeña lo hicieron también. Porque estaba rodeada de musas y creadoras que buscaron liderar sus historias. Si bien no todo el tiempo se vieron como fuentes de inspiración, para mí siempre lo han sido.
Mi mamá, una de mis musas, me ha dicho desde pequeña que debo “contarme siempre la mejor historia.” Recientemente me di cuenta de que me hacía falta re-imaginar mi historia de vida; que mucho de lo que me relataba a mí misma me detenía en vez de impulsarme y que en realidad, mis miedos y exigencias tenían un papel demasiado protagónico. Ahora veo que las historias que nos relatamos a nosotras mismas también impactan en nuestro día a día, y que retarlas y cambiarlas es un acto revolucionario. Desde entonces, me esfuerzo constantemente por alimentar narrativas propias que me fortalezcan, y no lo contrario.
Y es que en una sociedad que como mujer se me exige perfección en cada cosa que haga, que se beneficia de mi duda y en el que crear desde lo abstracto es retador porque se nos exige replicar moldes sociales, cada reflexión que comparto lleva consigo un poquito de resistencia y subversión. Porque me niego a no crear por miedo al rechazo; porque me niego a seguir dudando de si lo que tengo que decir vale la pena, o si ya fue dicho mejor; porque me niego a no cuestionar para no incomodar; porque me niego a ser sólo musa en función de los demás.
Hoy sé que puedo ser y hacer, y que las historias son una herramienta valiosa tanto para fortalecernos como mujeres en lo individual como en lo colectivo. Que las historias son oportunidades para vernos un poco desde fuera y aplaudirnos por lo enfrentado y lo logrado. Son oportunidades para inspirarnos e inspirar.
Por eso, para saldar la deuda histórica, quiero disidir y escoger ambas opciones: crear e inspirar(me), desde mis historias.
Quiero ser mi propia musa.
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