Velas

Volumen Cero

Una niña, su hermano inmaduro y su madre abusiva; la que dejó entrar el silencio a su casa junto con su nuevo novio. Un cuento corto por la escritora Priscila Palomares.

POR Priscila Palomares
18 septiembre 2018

Velas

A Sebastián Romero

No siento mariposas cuando lo veo, siento que unas hormigas me muerden los pies y me quedo tiesa. No es el primero que me gusta, pero nunca había sentido algo así. Y es que siempre he sentido que soy más inteligente que los niños; creo que es porque soy mujer. Mi mamá siempre me lo ha repetido «las niñas maduran antes que los niños», y tiene razón, por eso aprendí a gatear antes que mi gemelo, Miguel.

Y la verdad es que sí, Miguel es un inmaduro. Hoy que fuimos a la Puerta de Fe, se enojó conmigo porque no le quise compartir de mis hostias; me insistió que le diera, le contesté que no y me empujó contra una repisa llena de velas en oferta. En total quebramos siete velas y mi mamá tuvo que usar el dinero de la despensa para pagarlas.

«Ven huercos, nos vamos a quedar sin comer esta semana porque me hacen pagar sus pendejadas.» Nos regañó mientras caminábamos de regreso a casa.

Pero en realidad, lo que dice mamá no es cierto porque desde que corrió a papá de la casa, el que nos da dinero para la comida es Joel, su novio. No sé ni por qué la quiere, mamá es despreciable. Tiene arrugas en la cara y quemaduras de cigarros en los brazos, no hace nada; más que estar sola en su cuarto y tirar hueva dormida.

«Van a ver, huercos. Está castigada la tele toda esta semana.» Nos dijo antes de abrir la puerta de la casa.

Ya adentro escondió el control, desconectó los cables y se encerró en su cuarto. Miguel y yo le picamos al botón de “on”, pero la pantalla no se encendió. Tratamos de enchufar los cables a la pared, después al televisor; pero nada funcionaba y no quisimos seguirlos mezclando porque si lo hacíamos mal uno de los dos podía terminar electrocutado y luego, ni cómo explicarle a mamá lo que había ocurrido y peor aún podía terminar por castigarnos otra semana la televisión.

Sin nada más que hacer nos tiramos a la alfombra a ver el techo, observamos las aspas del abanico dar vueltas; hace un mes que la casa se había vuelto silenciosa. Ya no se oían los maullidos de nuestro gato Diego, ni la lavadora, ni los gritos de mamá. Solo estaba el rechinido del abanico, yo, Miguel y el viento golpeando contra la puerta de madera que no lo dejaba entrar.

Si yo fuera el viento, me quedaría afuera o más bien me metería a otra casa donde el refrigerador resonara, donde las puertas dieran golpes y, sobre todo, me metería a una casa donde funcionara la televisión. Porque aquí, el silencio nos tiene amenazados a cada mueble, migaja, y pedazo de polvo. Ya ni las manecillas del reloj se atreven a girar. Papá dice que las cosas están descompuestas y que él las va a arreglar, pero desde que mamá le cambió la chapa a la puerta papá no ha vuelto a pisar la casa.
Miguel dice que es mi culpa, que yo invité al silencio, porque soy muy callada y cuando me preguntan cosas en la escuela nunca contesto. Pero, yo siento que es culpa de mamá. Ella fue la primera en convivir con él y en dejarlo entrar.

Y es que un día, el silencio entró a la casa y expulsó al viento, para que dejara de mover las cosas, y así, dejaran de hacer ruido. Le pidió a los resortes de la cama que dejaran de hacer ruido y obedecieron; le pidió a la ventana que se cerrara para que no entrara el aire y se cerró; le cortó a la radio los cables para que ni siquiera se escuchara la estática blanca de cuando no hay señal.

Ni Miguel ni yo sabemos cuál fue exactamente el diálogo entre mamá y el silencio, pero lo cierto es que desde que entró ella dejó de hablar. Si nos iba a regañar tenía que hacerlo afuera de la casa, tal como lo hizo en la tienda cristiana de la mañana.

Lo que pasa es que el silencio no se conformó con el cuarto de mamá. Esa misma semana, también invadió el cuarto mío y de Miguel. Les dijo a las camas que no rechinaran y obedecieron, a las muñecas de hilo les quitó la voz, hasta los cajones se volvieron mudos. Y aunque Miguel y yo los cerrábamos con todas nuestras fuerzas ya no se escuchaba nada retumbar. Cuando salimos a usar el baño, éste también se había silenciado; desde entonces no le hemos podido jalar a escusado. La popó se ha acumulado y ha apestado no solo nuestro cuarto y el de mamá, sino la sala de televisión también.

Seguimos viendo las aspas del abanico girar, hasta que alguien tocó la puerta. Corrimos a abrirla. Miguel pensó que era papá, pero yo ya sabía que era Joel, el novio de mamá, con bolsas de súper en las manos. Miguel se le quedó viendo con cara de odio, yo me puse nerviosa; le sonreí mirando al piso. Nos entregó las dos bolsas y se dirigió al cuarto de mi madre.

Yo me fui a sentar al sillón, esperando a que Joel volviera a bajar. Miguel sacó la caja del cereal. Sacó la bolsa, la intentó abrir con todas sus fuerzas, pero los cereales explotaran por todo el piso.

Nos volteamos a ver, le quise gritar que era un idiota, que cómo se le ocurría abrir la bolsa de esa manera, solo a un niñito le sale mal, pero no me salió la voz para reprochárselo. Y a él tampoco le salió la voz para defenderse. Ni modo, el silencio nos había habitado y no nos quedó de otra más que esconder los cereales debajo del sillón para que Joel no se diera cuenta.

Joel salió del cuarto de mi madre. Miguel se escondió detrás de mí, yo me acomodé las trenzas para verme presentable.

«Ya me contó su madre lo que hicieron.»

Me indicó con la mano que me sentara en el sofá. Él sacó de su chaqueta una cámara vieja que, una vez, mamá se la dió para que la arreglara; pero nunca se la regresó. Se me acercó para acariciarme la mejilla. Sentí que unas hormigas me mordían los pies; me quedé tiesa, tenía ganas de abrazarlo, pero no sabía cómo moverme. Él me dio un beso en la nuca y me dijo que no me preocupara, que a cualquiera se le quiebran las velas; que ya me acostara en el sofá.

Miguel volteó a la puerta, esperando a que llegara papá. Sin querer pisó uno de los cereales, pero el pedazo de azúcar no hizo ruido porque Joel acababa de cerrar la ventana. Corrí hacía la ventana para abrirla, pero él me detuvo y me apretó los hombros. Me devolvió al sillón donde me pidió que me quitara la blusa; donde me puso en la mano una vela como la que rompí; donde me recostó para que sintiera, de adentro hacia afuera, cómo me carcomía el silencio.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Artículos similares

Olvido histórico

Volumen Uno
Un poema por María José Gutiérrez.

Pintura Rupestre Moderna

Volumen Cinco
¿Qué tan importante es el arte para la humanidad? Desde sus inicios, el arte y el hombre han evolucionado al mismo tiempo. Es por ello que tenemos que conservar esta costumbre; tal y como lo…

Dieta de una separación anunciada

Volumen trece
Un poema de Jess AF.

Los gatos salvavidas

Volumen Nueve
Obra ganadora de nuestro primer concurso literario, Pandemioscopio.

Volumen Ocho
José Acevedo hace un recuentos de seis extraordinarias directoras de cine que quizá se excluya de la filmografía "mainstream" por, precisamente, ser mujeres. Esta presente lista busca resaltar aquellas producciones dirigidas por mujeres que se…

Un aforismo sin tiempo

Volumen Uno
Hay tiempo para todo; menos para el mundo del capital.

Efectos secundarios de leer(nos)

Volumen Quince
¿Cuál es el efecto de leer?, ¿existe diferencia alguna entre leer a escritoras o escritores? Marifer Martínez reflexiona, a partir de Woolf, el rol que debemos jugar como lectores frente a este dilema: hay una…

Palabras de concreto

Volumen Siete
Un poema de Emilia Pesqueira.

Inicia la primavera

Volumen Catorce
Gerardo Cabaña reseña la puesta en escena de Primavera 2021 por el Ballet de Monterrey.